Cargos y oficios
Militar carlista, gobernador y capitán general de Filipinas
Trayectoria
Procedía, por línea materna, de una familia de comerciantes de San Sebastián, bien situada en las posiciones de poder político local. Hacia finales del siglo xviii o comienzos del xix su familia inició una política de alianzas matrimoniales que, al menos en parte, pueden explicar su filiación ideológica y su importante papel en el primer carlismo. En efecto, su padre, Sebastián Urbistondo Carrera, había casado con la hija del general Francisco Ramón Eguía (Bilbao, 1750-?, 1827), quien acabaría teniendo un destacadísimo papel en la resistencia al liberalismo durante el Trienio liberal. Reforzando este vínculo, el mismo Antonio Urbistondo casó en 1823 con su tía Francisca Eguía Zayas, hija del general Eguía en segundas nupcias. Por otra parte, en 1823 se convirtió en cuñado de Miguel Bodet (Estella, 1800), militar y administrador del ejército bien situado durante la restauración absolutista de 1823-1833, y que también se uniría a las filas carlistas. Por último, por el matrimonio de su hermano José Joaquín (oficial de la Secretaría del Despacho de Guerra en la segunda restauración fernandina) quedaba emparentado con el coronel Luis Córdoba, quien hizo carrera bajo el absolutismo restaurado de 1823-1833.
Los primeros avatares políticos en los que Antonio Urbistondo se vio envuelto estuvieron íntimamente relacionados con los de esta red de parentesco. Caballero paje del rey en 1814, obtuvo en 1819 una asignación de 800 ducados para estudiar en el colegio de San Bartolomé y Santiago de Granada. Destinada, en principio, a emprender una carrera eclesiástica, esta financiación le permitió seguir a la hija del general Eguía (con la que se casaría después), cuando este fue nombrado capitán general de Granada. En adelante, su trayectoria irá permanentemente vinculada a la de dicho general. En 1820 pidió continuar sus estudios en la Universidad de Oñati, lo que se debía a la instalación de Eguía en las Provincias Vascas tras su destitución de la capitanía de Granada. Parece haber estado integrado en una «milicia voluntaria de la juventud liberal» de Oñati, aunque rápidamente quedó al descubierto su implicación en los movimientos conspiratorios contra el sistema constitucional de 1820-1823. Fue uno de los líderes del levantamiento realista de Salvatierra en abril de 1821, siendo preso por ello. Confinado en Oñati en 1822, tras ser absuelto debido a su escasa edad cuando ocurrieron los hechos, pronto huyó a Francia para reunirse con Eguía. Obtuvo en el exilio el grado de teniente coronel y fue secretario de la Junta Realista de Bayona.
Restaurado el absolutismo en 1823, tuvo que esperar hasta 1827 para que se le validara el grado militar que consiguió de las autoridades realistas. Pasó un tiempo con licencia ilimitada (1828-1829), hasta que fue destinado a los regimientos de la Reina (1829-1831), de Zamora (1831-1833) y, por último, de Navarra (1833). Fue separado de este destino por sus evidentes conexiones carlistas, siendo confinado en Mérida en diciembre de 1833. La misma medida afectó a varias personas de su entorno, como Manuel Bodet (separado de su empleo como pagador del ejército a la muerte de Fernando VII) o sus cuñados Ignacio Eguía Ballesca (separado de la intendencia de León por el mismo motivo) y Francisco Eguía Ballesca (destituido como oficial mayor de la Secretaría del Despacho de Guerra).
Su adscripción familiar es coherente con su encuadramiento ideológico en el primer carlismo. Varias familias e individuos de los antes citados tuvieron presencia en las instituciones amparadas por el absolutismo borbónico del siglo xviii (sociedades económicas, seminarios de nobles, academias militares, etc.). En este sentido, su trayectoria en el seno del carlismo, así como las ideas expuestas en su obra escrita, le sitúan en una línea continuadora del «despotismo ilustrado», nostálgica del reinado de Carlos III. En su Historia Política del partido carlista (1841) Manuel Lasala le incluyó en esta tendencia, opuesta a los fanáticos o «apostólicos» del partido carlista.
Consiguió incorporarse efectivamente a las filas carlistas tras un rocambolesco periplo que le llevó desde Portugal a Inglaterra, para ser encarcelado en Castro Urdiales cuando a inicios de 1835 intentaba llegar a las costas de Bizkaia con otros jefes y oficiales carlistas. Deportado a Puerto Rico, consiguió escapar a la isla de Santo Tomás, pasar a Inglaterra y Francia e internarse finalmente en Navarra, donde se presentó ante Don Carlos.
Ocupó una posición relativamente destacada en el organigrama carlista. Fue secretario en la Junta de Generales celebrada en Durango el 15 de octubre de 1836, en la que se debatió el sitio de Bilbao. Poco después, reorganizó eficazmente los batallones castellanos procedentes de la división del general Gómez, tarea para la que se le había comisionado. Nombrado segundo jefe de Estado Mayor de la Expedición Real, Don Carlos le designó comandante general de Cataluña con el objetivo de que disciplinara como líder a los jefes carlistas locales. Los conflictos que le surgieron en su trato con estos mandos carlistas catalanes le obligaron a abandonar el Principado.
De regreso al norte, fue dejado de cuartel con su grado de mariscal de campo hasta los fusilamientos de Estella. En esta etapa final de la guerra se le encargó la contención de la tropa que el general Rafael Maroto enviaba contra el cuartel real. Sin embargo, en el curso de esta misión, una conversación mantenida con Maroto le convenció de la necesidad de apartar a la camarilla de favoritos que rodeaba al pretendiente carlista. Por su labor en esta operación, fue promovido a comandante general de la división castellana, en decisión de Maroto que fue validada por Don Carlos. Desde esta fecha, jugó un importante papel en los acontecimientos que condujeron al convenio de Bergara.
Sus Apuntes sobre la guerra de Navarra en su última época (febrero de 1841) narran con algún detalle aquellos acontecimientos. El opúsculo es un complemento y, sobre todo, una corrección de la Memoria militar y política sobre la guerra de Navarra publicada por su amigo José Manuel Arizaga (1840). Urbistondo describe la descomposición interna de la élite carlista, las luchas por el liderazgo en el movimiento, las primeras propuestas para una pacificación del país y los contactos con el general Espartero. En cuanto a su ideario, puede destacarse su opinión en torno al papel de los Fueros en el comienzo del pronunciamiento carlista. En efecto, Urbistondo se oponía a quienes sostenían que los Fueros «eran insignificantes para la generalidad del país, y que este solo se había pronunciado por un fanatismo religioso». De hecho, se opuso, durante las negociaciones, a las transacciones que no comportaran un reconocimiento de los Fueros en toda su integridad. Los acuerdos que subordinaban el sistema foral al general de la nación estuvieron, en su opinión, en la raíz de las reticencias que varios batallones plantearon antes de dejar las armas, y que dificultaron la consecución de la paz en el frente del Norte.
Después de la guerra, permaneció de cuartel en San Sebastián, donde firmó sus Apuntes. Decía en estos pasar sus «días en una decorosa oscuridad, sin otras aspiraciones que la de ver sinceramente reconciliados a todos los españoles», lo que no le impidió liderar el alzamiento moderado-fuerista de octubre de 1841 contra la regencia de Espartero en Gipuzkoa. Exiliado de nuevo en Francia tras el fracaso del levantamiento, la vuelta de los moderados al poder le abrió la oportunidad de reiniciar su ascenso, con los nombramientos de comandante general de Bizkaia (1843), capitán general de Vascongadas (1846-1847) y la obtención del grado de teniente general (1846). Sofocó el conato de rebelión carlista de Navarra y las Provincias Vascas (1848), por lo que se le concedió el título de Marqués de La Solana (1850).
Destinado a Filipinas como gobernador y capitán general (1850-1853), llevó a cabo una reforma hacendística que aumentó considerablemente los ingresos del Estado en aquel dominio, e impulsó la creación del Banco Español y Filipino de Isabel II, intentando reactivar el comercio de la isla. Después de haber dimitido en 1853, quedó en situación de cuartel en Vitoria (1854-1856), ejerciendo como secretario del despacho de la Guerra durante un breve periodo (octubre-diciembre 1856) del ministerio de Narváez. Falleció, a lo que parece, en un duelo mantenido en palacio con el marqués de los Arenales y con el propio general Narváez.
Obras
Apuntes sobre la guerra de Navarra en su última época, y especialmente sobre el convenio de Vergara. Por el mariscal de campo…, Madrid: Imprenta de D. R. de la Sota, 1841.
Bibliografía
. Auñamendi, «Urbistondo Eguía, Antonio de», Auñamendi Euskal Entziklopedia. Edición en línea: http://aunamendi.eusko-ikaskuntza.eus/eu/urbistondo-eguia-antonio-de/ar-136362/ (consultado el 24 de julio de 2019).
Banús, J. L., «Alcaldes y capitulares de San Sebastián (1285-1813)», Boletín de estudios históricos de San Sebastián, 20 (1973), pp. 11-49.
Bullón de Mendoza, A., La Primera Guerra Carlista, Madrid: Actas, 1992.
— «Antonio Urbiztondo y Eguía», Diccionario Biográfico Español, Madrid: Real Academia de la Historia. Edición en línea: http://dbe.rah.es/biografias/4410/antonio-urbiztondo-y-eguia (consultado el 24 de julio de 2019).
Rubio Pobes, C., Revolución y tradición. El País Vasco ante la Revolución liberal y la construcción del Estado español, 1808-1868, Madrid: Siglo XXI, 1996.
Urrutia, E., «Antonio de Urbistondo», Euskalerriaren Alde, 12 (1923), pp. 352-354.
Fuentes: Archivo General Militar de Segovia, EP1, B 3322. Expediente de Manuel Bodet Modet.
Archivo Histórico Nacional, Universidades, leg. 671-3, exp. 35. Expediente de José Luis Urbistondo.





