Cargos y oficios
Eclesiástico, orador, escritor y diputado carlista
Trayectoria
Vicente Manterola fue un eclesiástico especialmente dedicado a la defensa de la unidad católica de España, para lo que utilizó todas las plataformas que la época le proporcionó, desde las publicaciones (folletos, libros, artículos de prensa o el Semanario Católico Vasco-Navarro, que fundó en Vitoria en 1866) hasta la presencia activa en el espacio público (conferencias, predicaciones, actividad parlamentaria, polémicas). En su vertiente más política destacó en las Cortes de 1869, para las que resultó elegido por el carlismo, y en las que ganó fama por sus intervenciones sobre todo ante y contra Emilio Castelar. Mantuvo ese protagonismo hasta el final de la Guerra Carlista en 1876. Dejó posteriormente el activismo carlista, no queda claro si el propio carlismo, y brilló sobre todo como orador sagrado hasta su muerte.
Sus ideas se originaron en el núcleo familiar carlista y crecieron al amparo de sus primeros estudios, primero en San Sebastián, luego en Pamplona y, por último en Toledo y Salamanca. A partir del pensamiento tradicionalista, desarrolló una acendrada defensa de la unidad católica de España ante los llamamientos a la tolerancia religiosa. La consideración del catolicismo como esencia de la nación fue una de las vías por medio de las cuales el tradicionalismo se enfrentó a la implantación del liberalismo. Su primer texto, réplica al demócrata El Pueblo en defensa del obispo de Calahorra, Antolín Monescillo, para quien trabajaba, evidenciaba ya los fundamentos de su pensamiento, intolerante ante otras confesiones no católicas en España. Este fue el hilo conductor primordial de su actividad literaria y oratoria, tanto en el marco religioso como en el político, en las que mostró una notable intransigencia, con referencias al vizconde de Bonald o a de Maistre. Y esta intolerancia doctrinal de la Iglesia la mantenía tanto en sus discursos en las Cortes como en la primera parte de su último libro (1885). De ahí su defensa de un poder político católico, pues «el Gobierno español, impidiendo la introducción de cultos falsos en el católico suelo de nuestra patria querida, cumple uno de sus más sagrados deberes».
Con la Revolución de 1868, este carácter solo lo vio en el pretendiente Carlos VII, por cuya defensa batalló con intensidad como diputado carlista por Gipuzkoa en la tribuna parlamentaria en 1869 y 1870, en la prensa y mediante un apoyo incesante a la solución militar desde 1870. Fue muy activo al servicio de Don Carlos, personalmente y en la gestión civil, religiosa y publicística, con tres folletos de 1871 muy recordados.
Terminada la guerra pasó brevemente al exilio. Acogido pronto a la amnistía, regresó a España, aunque se le impidió volver a su tierra, desarrollando su labor religiosa en Madrid, Málaga y Toledo, donde reforzó su fama de orador sagrado. Aunque no desarrolló labor política, mantuvo polémicas con el espiritismo, y fue objeto de muchos comentarios desde el liberalismo, fuese cual fuese su situación.
En él destacaba un «doble patriotismo» que, si en su discurso por el día de San Prudencio de 1865 le llevaba a afirmar que «también yo soy vascongado»; afirmaba igualmente su españolismo en Cortes, en sesión del 26 de abril de 1869: «soy tan español como el que más de vosotros; yo, […] a nadie cedo en amor patrio; yo, […] al través de esta sotana siento dentro de mi pecho arder el fuego del españolismo». Su vasquismo derivaba de la religión, y como el semanario de Vitoria, «no sabe ser más que católico y vascongado». Al hablar de los dos ejes centrales para los alaveses —y por extensión para los vascos—, los situaba en «la religion divina y la libertad verdadera». «Dios y Fueros», en definitiva, como se escribía en el manifiesto electoral de 1869, donde defendía «nuestros Fueros, buenos usos y costumbres y queremos tenerlos hoy y siempre; pero entendidos a la vascongada», es decir, católica: «El pueblo vasco es sincera y profundamente católico: […] por eso somos tan libres los hijos de aquellas risueñas montañas», decía en su discurso a las Cortes del 12 de abril de 1869. Al hablar de San Prudencio, afirmaba «que la lengua Euskara, única que entonces se hablaba en nuestras provincias hermanas, fue la encargada de despertar en el tiernísimo corazón del niño Prudencio la idea de Dios». Era la lengua vasca la vía para la religión, pues «allí donde se hable el vascuence, es imposible la idea panteista […] resurrección de la idea pagana». Y añadía: «Jamas se ha blasfemado en vascuence. La blasfemia es antiforal, porque es antirracional y anticristiana». La consecuencia de ello era una sociedad moral, un pueblo de tradiciones y buenas costumbres, pues sus autoridades propias gobernaban bajo el signo de la religión. Por eso se lamentaba de que los patricios vascos dejaran una lengua que tanto hacía por el pueblo, pues su ausencia era inmoralidad e irreligión. De ahí que en su intervención en Cortes del 4 de febrero de 1870, señalara: «El día en que un gobierno […] extendiera una mano sacrílega para tocar el arca santa de nuestras venerandas instituciones, no lo dudéis, el pueblo vascongado se levantaría como un solo hombre, y se lanzaría con la bravura del león contra las bayonetas del ejército invasor». Y añadía que «los Fueros son en las Provincias Vascongadas una especie de segunda religión, así como la augusta religión del Calvario es el primero de sus Fueros, es su Fuero trascendental». Era el anuncio evidente de la inmediata sublevación carlista, única opción que a su juicio defendía estas ideas.
Su figura quedó en cierto olvido tras su muerte, pero fue reivindicada sobre todo desde el carlismo de los años treinta. En 1950 se inauguró una estatua en San Sebastián.
Obras
. Ensayo sobre la tolerancia religiosa de España en la segunda mitad del siglo xix, Calahorra: Sanz y Gómez, 1862.
Sermón que en la solemnísima función religiosa que como anuales cultos dedica la muy noble y muy leal provincia de Álava a su Patrono San Prudencio…, Vitoria: Hijos de Manteli, 1865.
El Apostolado de Roma, su influencia benéfica desde el punto de vista político y social, ó sea Vindicación del poder extraordinario de los papas de la edad media…, Vitoria: Sanz y Gómez, 1869.
La Virgen-madre, folleto de actualidad de propaganda católica, en que se vindica la perpetua virginidad de la santísima Madre de Dios de los violentos ataques de la impiedad contemporánea, Vitoria: Sanz y Gómez, 1869.
Discurso y rectificaciones al del Sr. Castelar pronunciados en la Asamblea Constituyente en los días 12 y 13 de abril de 1869 en defensa de la unidad religiosa, Vitoria: Sanz y Gómez, 1869 (reed. de Adrián de Loyarte, San Sebastián: Relieve, 1950).
Hojas de propaganda católica, Vitoria: Sanz y Gómez, 1870.
Manual de controversia con los protestantes…, Vitoria: Sanz y Gómez, 1869 (también en 1870).
Don Cárlos es la civilización, Madrid: Antonio Pérez Dubrull, 1871 (2.ª ed., 1872).
Don Cárlos, ó el petróleo, Madrid: Antonio Pérez Dubrull, 1871.
El espíritu carlista, Madrid: Antonio Pérez Dubrull, 1871.
El satanismo o sea La cátedra de Satanás combatida desde la cátedra del Espíritu Santo: refutación de los errores de la escuela espiritista, Barcelona: Espasa Hermanos y Salvat, 1878 (reed. en 1879 y Coatepec, México: Imprenta de Antonio Rebolledo, 1882).
El cristianismo y las sectas protestantes…, Málaga: Muñoz, 1881.
Afirmaciones católicas, Madrid: José del Ojo y Gómez, 1885.
Bibliografía
Bautista, M., Biografía de Don Vicente Manterola, Diputado por Guipúzcoa, Madrid: Tomás Alonso, 1869.
Garmendia, V., Vicente Manterola, canónigo, diputado y conspirador carlista, Vitoria: Institución Sancho el Sabio, 1975.
— «Manterola y Pérez, Vicente», Diccionario Biográfico Español, XXXII, Madrid: Real Academia de la Historia, 2009, pp. 165-167.
Rodríguez de Coro, F., «Vicente Manterola y algunos presupuestos de su intolerancia religiosa (1866)», Boletín de estudios históricos sobre San Sebastián, 10 (1976), pp. 209-234.





