Cargos y oficios
Obispo de Puebla de los Ángeles y del Burgo de Osma, virrey interino y visitador general de Nueva España.
Trayectoria
Juan de Palafox y Mendoza nació en la villa de Fitero (Navarra) el 24 de junio de 1600. Hijo natural de Jaime de Palafox, marqués de Ariza, y Ana de Cascante y Espés, fue reconocido por su padre cuando tenía apenas nueve años. Comenzó entonces para Palafox un periodo de formación que no culminaría hasta recibir el grado de doctor en cánones. Entre 1610 y 1615 su padre lo envío a estudiar al colegio de los jesuitas de Tarazona. Durante esos años vivió en el colegio seminario San Gaudioso. Culminados sus primeros estudios, comenzó el bachillerato en cánones en la Universidad de Huesca donde cursó el primer año. El segundo lo realizaría en Alcalá de Henares, y los restantes cursos, 3.°, 4.° y 5.°, en la Universidad de Salamanca, donde se graduó como bachiller en 1620. Tenía a la sazón nuestro personaje veinte años y debió entonces interrumpir por motivos familiares sus estudios, que retomaría trece años después, siendo ya consejero de Indias. Así, el 3 de marzo de 1533 obtuvo en la Universidad de Portacoeli de Sigüenza la licenciatura y el doctorado en cánones después de superar los correspondientes exámenes.
La vida pública de Palafox comenzó propiamente en 1626 con motivo de la reunión de las Cortes de Aragón. El 27 de febrero del año anterior había fallecido su padre, y Juan de Palafox acudió en representación de su casa. Una honda impresión debió causar el joven Palafox en el ánimo tanto del rey Felipe IV como de su valido el poderoso conde-duque de Olivares pues, a instancias de este, se trasladó a vivir a la Corte para servir a Su Majestad. Así, el 5 de septiembre de ese mismo año fue nombrado fiscal del Consejo de Guerra. Comenzaba una fecunda carrera política que le conduciría en poco tiempo al epicentro de la política americana.
En el plano personal, la evolución interior de Palafox le llevó a recibir las órdenes sagradas el 10 de marzo de 1629 de manos del obispo de Plasencia y gobernador del arzobispado de Toledo, Francisco de Mendoza.
Ese mismo año fue promovido a fiscal del Consejo de Indias, jurando su plaza el 26 de octubre de 1629. Poco tiempo después, el 25 de diciembre de 1629, Palafox fue nombrado capellán y limosnero mayor de la infanta María de Austria, que contraería matrimonio con el futuro emperador Fernando III. En el desempeño de esta nueva comisión Palafox acompañó a la infanta por un interesante viaje a lo largo y ancho de Europa que duró año y medio, entre 1630 y 1631. El destino final era Viena, donde Palafox dejó a su señora para regresar a la Corte. De este viaje saldría la obra, inédita hasta 1935, Diario del viaje a Alemania (1635), así como la Vida de la serenísima infanta Sor Margarita de la Cruz (1635). Además, presentó al rey su Diálogo de Alemania y comparación de España con las demás naciones, donde Palafox defendía la necesidad de gobernar cada reino conforme a su derecho particular, una idea que chocaba con la política uniformista del conde-duque.
Apenas transcurridos dos años de su regreso del periplo europeo, Palafox fue nombrado ministro consejero de Indias, en 1633. Además de su intenso trabajo en el Consejo, que sería especialmente apreciado por el monarca, se le encomendaron en estos años otras comisiones, como la visita extraordinaria del monasterio de las Descalzas Reales y obras pías fundadas por la emperatriz María y su hija, la infanta archiduquesa sor Margarita de la Cruz. Este tiempo fue de una fecunda actividad literaria. Así, además de las citadas obras, escribiría en este tiempo las Ordinaciones reales (1635), Dictámenes espirituales y políticos, Guerras civiles de la China, y Sitio y socorro en Fuenterrabía y sucesos del año 1638, escritos de orden de su Majestad, en 1639.
Sus progresos en la carrera política fueron acompañados también de notables adelantos en el ámbito eclesiástico. Así, el 27 de diciembre de 1639 fue consagrado obispo en la iglesia de San Bernardo en Madrid. Ese mismo mes se le comunicaban las cédulas reales que concretaban sus cometidos como visitador general de la Nueva España, cargo para el que había sido nombrado el 18 de marzo anterior. En cuanto tal, se le encomendaba la visita general de la Nueva España y de los tribunales del virreinato, el juicio de residencia de los dos virreyes anteriores y se le concedían otras facultades relativas al comercio con Filipinas, Perú y Nueva España. Solo el virrey quedaba exento de la visita y de su jurisdicción, lo cual, como ha señalado Álvarez de Toledo, se convertiría en el principal obstáculo para la política reformista que Palafox quiso impulsar. El 21 de abril de 1640 partió en el mismo barco que el nuevo virrey, Diego López de Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, para llegar después de dos meses de travesía al puerto de Veracruz, el día 24 de junio.
En México, las actividades de Palafox como visitador y también como obispo de Puebla se vieron envueltas en un complejo haz de oposiciones y contradicciones. En el virrey, Palafox encontró su principal opositor, si bien ello no impidió del todo la realización de su labor reformadora, tanto en el ámbito civil, como eclesiástico. Sin embargo, el parentesco del duque de Escalona con el sublevado duque de Braganza, dejaron al primero en una posición especialmente débil. En medio del fragor del problema secesionista de Portugal por el levantamiento contra Felipe IV de los partidarios del duque de Braganza, el virrey no omitió —según Palafox— envanecerse públicamente de su parentesco con el duque de Braganza, incumplir las reales cédulas relativas a la expulsión de los portugueses de determinados enclaves, y acoger a los portugueses en su palacio. Las informaciones de Palafox a la Corte sobre este particular, unidas posiblemente a otros informes, determinaron la expedición de una real cédula de 30 de mayo de 1642 que disponía que el duque de Escalona embarcase a España y su lugar lo ocupase interinamente Palafox. De esta manera, Juan de Palafox se convertía en virrey interino de la Nueva España. Al tiempo de su nombramiento, Palafox había ya realizado sendas residencias de los anteriores virreyes, el marqués de Cerralbo y el marqués de Cadereita, y había enviado en la flota que salió el 23 de julio de 1641 su Despacho público y secreto donde daba cuenta del estado del virreinato, incidiendo en la orfandad de la Iglesia en México por la falta del arzobispo, y denunciando los problemas que planteaban la relajación de los regulares y, sobre todo, los abusos de los alcaldes mayores a través del sistema de los repartimientos. Además, daba cuenta del estado de la Audiencia de México, de los demás tribunales de justicia, de la Universidad, de los cabildos, etcétera.
Con el nombramiento de virrey venía parejo el de gobernador de la Nueva España, capitán general y presidente de la Real Audiencia. Como ha destacado su principal biógrafa, Sor Cristina de la Cruz, concurría de esta manera en él una doble jurisdicción, la civil y la eclesiástica. En efecto, por cédula de 19 de febrero de 1642 se le había nombrado arzobispo de México, cargo del que presentó renuncia si bien tuvo que asumir el gobierno de la diócesis de modo provisional durante poco más de un año, hasta el 19 de marzo de 1643. El nuevo obispo, consagrado por el propio Palafox, sería Juan de Mañoca y Zamora.
En el tiempo que ejerció como virrey de la Nueva España, hasta su sustitución por el conde de Salvatierra, Palafox desarrolló una incansable actividad a favor de los habitantes de la Nueva España, especialmente de los criollos e indios: saneó la hacienda dejando las arcas con 400.000 pesos, para lo cual, entre otras medidas, ordenó ejecutar cédulas de censos que estaban olvidados, expulsó de la costa de Veracruz a los portugueses, y fortaleció y socorrió militarmente la Habana, formó en México doce compañías de batallón y en el palacio real reunió una armería bien dotada, frenó los excesos de los alcaldes mayores, mejoró la seguridad pública, resolvió numerosos pleitos pendientes, asistiendo casi a diario a la Audiencia y creando una nueva sala, y trató de introducir cierta disciplina en el ámbito eclesiástico. Promovió una rebaja de la presión fiscal y fomentó el comercio criollo con Filipinas. Además, solucionó el problema del reparto de agua entre los pobres para el cultivo de los campos, y los ricos para sus jardines, y alivió tanto a indios como a pobres de sus contribuciones, entre otras medidas. Buena parte de las ideas políticas, que inspiraron su acción de gobierno, quedaron plasmadas en su Historia Real Sagrada. Luz de príncipes y súbditos, publicada en 1643. En ella destaca su defensa de la pluralidad constitutiva de la monarquía española.
El nuevo virrey, conde de Salvatierra, tomó posesión de su cargo el 23 de noviembre de 1642. Su llegada trajo consigo nuevos quebraderos de cabeza para Palafox en su condición de visitador. La limitación del poder virreinal que implicaba la visita y los propósitos reformadores de Palafox en beneficio de los naturales americanos hicieron también del conde de Salvatierra un opositor claro al visitador. Así, entre otros, muchas cosas, Palafox encontró obstáculos a la hora de exigir la ejecución de las reales cédulas que se referían al comercio de los alcaldes mayores. Para el visitador, la reforma en este punto era crucial para la justicia en el virreinato. De hecho, este había sido uno de los principales motivos de fricción con el anterior virrey, el duque de Escalona. Sin embargo, también en estos años el trabajo de Palafox dio algunos frutos. Así, cabe destacar su visita a la Universidad de México, institución para la que elaboró unas nuevas constituciones que entraron en vigor el 14 de octubre de 1645.
En el ámbito eclesiástico la labor de Palafox encontró mayores obstáculos, aunque también aquí obtuvo sus más profundas satisfacciones, especialmente en la renovación de su querida diócesis de Puebla de los Ángeles. El primer problema que tuvo que afrontar el recién nombrado obispo fue la sujeción de los doctrineros a la jurisdicción del obispo y la traslación de la mayor parte de las doctrinas de los religiosos a los curas seculares. Palafox se amparaba en este punto en lo dispuesto tanto en el Concilio de Trento como en diferentes cédulas reales. El primero había establecido que tanto los curas seculares como los regulares quedaban sujetos «en las cosas pertenecientes al expresado cargo, y a la administración de los sacramentos, a la jurisdicción, visita y corrección del obispo, en cuya diócesis estuvieren» (cap. XI, sesión XXV). Por su parte, diferentes cédulas de 1618, 1622, 1634 y 1637 habían dispuesto que ningún religioso ejerciese oficio de cura o doctrinero sin haber sido antes examinado por los prelados diocesanos, tanto en lo relativo a su suficiencia como al conocimiento de la lengua de los indios. En aplicación de estos preceptos, el obispo Palafox dio un plazo de tres días a los curas doctrineros para que se examinasen y solicitasen la colación canónica. Además, dispuso algunas medidas para mejorar la disciplina del clero de su diócesis (respeto a los indios, no asistencia a espectáculos públicos, etc.).
En esta misma línea renovadora, erigió Palafox en 1646 el seminario de San Pedro, que fusionó bajo un mismo rector con el ya existente colegio de San Juan. En el primero estudiaban gramática, retórica, música, canto eclesiástico y figurado, de los once a los diecisiete años. En el de San Juan cursaban, entre los dieciocho y los veinticuatro años, estudios superiores de filosofía, teología y sagrados cánones. Además, donó su nutrida biblioteca, con más de 4.000 volúmenes al seminario, para la formación de los sacerdotes, y erigió en el seminario una cátedra de lenguas indígenas. Desde el punto de vista arquitectónico, su mayor logro fue sin duda la conclusión de las obras de la Catedral de Puebla de los Ángeles, a lo que hay que sumar los más de cuarenta templos que habían sido edificados al tiempo de dejar su diócesis, además de numerosas ermitas.
Como pastor, trató de erradicar la idolatría entre los indios al tiempo que incorporaba a la liturgia cristiana aquellas prácticas indígenas que consideraba adecuadas, como la danza o la música. A pesar de su oposición inicial, Palafox terminó admitiendo la posibilidad de que los indios accediesen a las sagradas órdenes.
Sin duda, el mayor problema que tuvo que afrontar Palafox en su condición de obispo de Puebla fue su conflicto con los jesuitas. Ya había tenido problemas con motivo del pago de los diezmos, pero ahora el conflicto llegó a extremos inimaginables. Todo comenzó el miércoles de ceniza de 1647 con motivo de la transmisión a los rectores de los colegios de la Compañía por parte de Juan Merlo, provisor del obispo y de parte de él, de un auto en el que se suspendían todas las licencias para predicar y confesar, y se ordenaba que se presentasen dichas licencias en un plazo de veinticuatro horas. Además, unos días después, el 8 de marzo, el provisor dictaba otro auto donde amenazaba con excomunión latae sententiae a los feligreses que acudieran a confesarse u oír sermones de los jesuitas.
La actuación del obispo fue recibida como una declaración de guerra y como tal fue contestada con el nombramiento por parte de los jesuitas de dos jueces conservadores para que defendieran sus derechos. Se formaron así dos bandos: por un lado, Palafox con su provisor Juan Merlo, con el apoyo de una parte importante de su feligresía y, por otro, los jesuitas, apoyados por el virrey, el arzobispo de México y el inquisidor. Para el primero, los jueces conservadores carecían de jurisdicción y habían incurrido en las penas decretadas en la bula In Coena Domini por usurpación e impedimento de la jurisdicción eclesiástica. Así lo declaró su provisor, Juan Merlo. Por su parte, el 6 de mayo de 1647 se pegaron en diferentes sitios de la ciudad de México carteles que informaban de la excomunión pública de Palafox dictada por los jueces conservadores. Se le declaraba rebelde a los mandatos y bulas eclesiásticas e incurso en la pena de excomunión mayor recogida en la bula In Coena Domini. El escándalo en la ciudad fue mayúsculo. La tensión entre las dos partes había provocado altercados en Puebla con manifestaciones públicas violentas a favor de su obispo, y alcanzado un punto que hacía recomendable la huida de Pa- lafox de su diócesis, en busca de un lugar seguro. Lo que se hallaba en juego era algo más que una cuestión de licencias: era la misma reforma de la Nueva España, que había enfrentado casi desde el principio al virrey y a Palafox. Se trataba de la alternativa entre un gobierno centrado en el virrey como máximo representante de la Corona con poderes casi omnímodos, encargado de allegar recursos para la hacienda real y el basado en el beneficio de los grupos criollos en la distribución de los cargos y en el papel de los cabildos como lugares de compromiso con la política regia.
El conflicto, que tenía en su centro el comercio de los alcaldes mayores, y había estallado con motivo de las licencias de los jesuitas, terminó, al menos parcialmente, con la promoción del virrey Salvatierra al virreinato del Perú y la suspensión de la visita general mediante cédula de 30 de noviembre de 1647. De esta manera, Palafox regresó a su sede. Los jueces conservadores levantaron las censuras dirigidas contra Palafox. Por su parte, este también anuló los decretos de excomunión dictados contra ellos. Lejos estaba, sin embargo, de solucionarse el conflicto de las licencias con los jesuitas. Tanto en Madrid, como en Roma, a través de sucesivos breves, se reconoció la jurisdicción del obispo sobre su diócesis de manera que nadie pudiera confesar o predicar sin su autorización.
Una orden de enero de 1648 dispuso que Palafox regresase a España para ocupar una sede vacante acorde a sus méritos. La residencia de Palafox como virrey fue realizada por el oidor de la Audiencia de México, Francisco Calderón y Romero, que dejó constancia de «haber procedido el dicho obispo de la Puebla de los Ángeles bien y fielmente en el uso y ejercicio de dichos cargos». Después de tantos sinsabores, Palafox veía públicamente reconocida su rectitud y honestidad.
Ya en la Corte, Palafox fue nombrado para ocupar una plaza en el Consejo de Aragón, en espera de que la ocupase su hermano. No parece que asistiese nunca a sus sesiones. Más definitivo para su destino fue su nombramiento a iniciativa de Luis de Haro para ocupar el obispado de Burgo de Osma, en tanto vacare otra iglesia más acorde a sus méritos. Lo cierto es que en Osma, Palafox encontraría otra grey a la que colmar de sus cuidados, mediante la realización de visitas pastorales y la publicación de obras para su instrucción religiosa. El único problema de entidad que enfrentaría en su nuevo destino sería la defensa de la inmunidad de la Iglesia frente a la decisión del rey de prorrogar un gravamen de los bienes eclesiásticos más allá del plazo establecido por el papa Inocencio X. Con este motivo, publicó un Memorial al rey por la inmunidad eclesiástica de 29 de agosto de 1656, que disgustó mucho a Felipe IV. Durante este tiempo compuso otras obras donde se recogía su pensamiento político, especialmente su Manual de estados y profesiones y su Juicio interior y secreto de la monarquía para mí solo. De esta obra procede su conocido dictamen a favor de gobernar cada reino de la monarquía con sus leyes propias y no intentar uniformarlos bajo un mismo régimen.
Después de una vida de intenso trabajo y dedicación a la causa de Dios y de la monarquía, don Juan de Palafox y Mendoza murió el 1 de octubre de 1659 en el Burgo de Osma.
Obras
Obras del ilustrissimo, excelentissimo, y venerable siervo de Dios Don Juan de Pala- fox y Mendoza, XII tomos, Madrid: Imprenta de Don Gabriel Ramírez, 1762.
Diario del viaje a Alemania, Arteaga, C. de (prólogo, transcr. y notas), Madrid: Blass, S. A. Tipográfica, 1935. Reed. Fernández Díaz, J. (prólogo), Pamplona: Asociación de Amigos del Monasterio de Fitero, 2.a ed., 2000.
Bibliografía
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Cita bibliográfica
García Pérez, R., “Palafox y Mendoza, Juan de”, Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 539-545.





