Cargos y oficios
Príncipe de Viana, heredero legítimo de la corona de Navarra.
Trayectoria
Nacido el 29 de mayo de 1421 y fallecido el 23 de septiembre de 1461. Habiéndose establecido en las capitulaciones matrimoniales de sus padres que el heredero sería instruido en las costumbres del reino que heredaría algún día, al año de su nacimiento fue traído a Navarra, donde las Cortes lo juraron inmediatamente como rey y señor natural tras los días de su madre y de su abuelo, el rey Carlos III el Noble, quien instituyó para su nieto en 1423 el principado de Viana, título que desde entonces ostentaron los primogénitos de la familia real. Dicho juramento, según nos informa el licenciado Reta, fue de nuevo ratificado por las Cortes el año 1427.
Educado para reinar, el constante alejamiento de su padre, Juan II de Aragón, siempre más interesado en los conflictos del reino castellano, donde permanecía casi todo el tiempo, marcaría el destino de ambos, ligando el del príncipe aún más estrechamente a la figura de su madre, la reina propietaria doña Blanca I, que, fruto de una marcada religiosidad, le hizo partícipe de sus devociones favoritas, con viajes y romerías frecuentes a santuarios como el del Pilar de Zaragoza, santa María de Ujué, san Miguel de Aralar, santa Catalina, en el templo de san Cernin de Pamplona o san Fermín, en la iglesia de san Lorenzo de la misma ciudad.
Los años que marcan su infancia y adolescencia culminaron con las negociaciones para su matrimonio con Agnes de Kleves, sobrina del duque Felipe el Bueno de Borgoña, posiblemente cumpliendo una estrategia marcada por la casa real aragonesa, siempre interesada en aislar a Francia. La boda se celebró en Olite en septiembre de 1439, pero la falta de descendencia lastró a la pareja hasta que, nueve años más tarde, falleció la princesa.
El mismo año del enlace del príncipe, su madre, con la salud siempre bastante quebrantada, había dictado un testamento en el que, aunque reconocía que Carlos era el heredero legítimo del reino, también le ordenaba —más que le solicitaba— que atendiera su deseo de que no se coronase jamás sin el consentimiento de su padre. Esta decisión, que se saltaba tanto los mencionados juramentos de las Cortes como el testamento del rey Carlos III, que establecía la sucesión en línea recta primero en su hija y luego en los descendientes de esta, sin citar para nada a su yerno, acabaría trayendo nefastas consecuencias para el príncipe y también para Navarra.
El fallecimiento de la reina en 1441 supuso el inicio de las desavenencias efectivas entre padre e hijo, quien, aunque pareció conformarse con el nombramiento de lugarteniente general que le ofreció Juan II, sí que realizó una protesta privada ante su Consejo, según la cual no reconocía a su progenitor derecho alguno sobre el reino.
Durante los siguientes diez años, con Carlos gobernando Navarra casi como un verdadero rey ante la permanente ausencia de su padre, que solo retornaba fugazmente para hacer acopio de recursos económicos con los que poder continuar sus guerras en Castilla, los principales clanes nobiliarios del reino fueron decantándose entre uno y otro, hasta acabar formando las dos banderías que aprovecharían el conflicto dinástico para desgarrar Navarra en la futura guerra civil. Los beaumonteses alrededor del príncipe, y los agramonteses en torno al rey.
En todo ese tiempo, Carlos, que fue definido por el capellán de Alfonso V el Magnánimo como alguien que todo el tiempo de su vida amó el estudio, no dejó de formarse en disciplinas como la historia, la teología o la filosofía, prestando especial atención a la obra de Aristóteles y a la de santo Tomás de Aquino.
Sin embargo, el precario equilibrio de poder se rompió cuando Juan II y sus partidarios castellanos fueron derrotados en la batalla de Olmedo (1445), viéndose obligados a refugiarse en Navarra. Pero sobre todo cuando el rey se casó en segundas nupcias (1447) con Juana Enríquez, la hija del almirante de Castilla, don Fadrique Enríquez, quien andando el tiempo se convirtió en un enemigo implacable del príncipe, al fin y al cabo, el mayor obstáculo para que un hipotético vástago del nuevo matrimonio heredara a Juan II de Aragón.
Con su padre asentado definitivamente en el reino, el cargo de lugarteniente perdía su vigencia, y además los partidarios de Carlos —encabezados por el condestable Luis de Beaumont y su hermano Johan, prior de la Orden de san Juan de Jerusalén— fueron siendo desplazados de los puestos de mando para acomodar a los del rey, con su facción navarra dirigida por el clan de los Peralta: mosén Pierres el joven y mosén Martín y por el hermano bastardo de ambos, el obispo de Pamplona don Martín.
Para postergar el más que probable enfrentamiento, el príncipe se refugió en Gipuzkoa (1450) y cuando volvió a Navarra los intentos de negociación con su padre no fructificaron, llegándose por fin al enfrentamiento armado entre ambos el 23 de octubre de 1451, que se saldó con la derrota y la posterior prisión del príncipe de Viana, quien estuvo en poder de su padre hasta que fue liberado en junio de 1453, residiendo a partir de ese momento en Pamplona, la principal plaza beaumontesa. En marzo de ese mismo año había nacido en la villa aragonesa de Sos el infante Fernando, hijo de Juan II y de Juana Enríquez.
El príncipe aprovechó su estancia en la capital para emprender la redacción de la Crónica de los Reyes de Navarra, su primer fruto intelectual, muy deudor de proyectos historiográficos navarros anteriores, sobre todo de la Crónica de Garci López de Roncesvalles, aunque buscando esta vez no solo exaltar a la monarquía y al reino, sino también justificar de manera inequívoca sus propios derechos al trono, poniendo para ello el acento en momentos históricos como el gobierno de los últimos reyes Capetos, a los que se califica de «tiranos» o resaltando la llegada de Felipe III de Evreux, primer monarca de la dinastía a la que pertenecía Carlos, que como mero rey consorte, habría jurado abandonar el trono cuando su esposa, la reina propietaria, muriese. Es decir: un caso similar al que había provocado el conflicto entre el príncipe y su padre, Juan II, al negarse este a renunciar a la corona de Navarra.
Desafortunadamente no se ha conservado el manuscrito original de la Crónica, tan solo diversas copias realizadas entre los siglos xvi y xviii. Todas ellas se estructuran en tres partes, habiéndose perdido la cuarta, precisamente aquella en la que el príncipe daría cuenta de primera mano de lo sucedido desde el reinado de su abuelo, el rey Carlos III el Noble. Incluso varios autores habían dado por seguro que Carlos no habría tenido ocasión de escribirla, por más que él mismo lo hubiese anunciado en el colofón de la tercera parte, que en realidad sería el prólogo de esa cuarta parte perdida.
Pero el reciente redescubrimiento de un documento con las 87 acusaciones que los jefes del bando agramontés hicieron contra el príncipe de Viana y sus partidarios, una de las cuales reza: «Él mismo dejó hechas crónicas. Y no privando [en ellas] de armas y estados a los que se hallaron con él en la batalla que hubo con su padre, redujo y abatió todas las armas de aquellos que se hallaron con el señor rey», demuestra que, efectivamente, Carlos sí que escribió la cuarta parte, y que por tanto quizá pueda hallarse algún día, lo mismo que apareció hace pocos años otro texto muy relacionado con la Crónica: La Complaynna o llante que de sí hace Navarra, escrito por el estrecho colaborador del príncipe, Pedro de Sada.
En 1455 se produjo el desheredamiento del príncipe y de su hermana, doña Blanca, y Juan II firmó un acuerdo con su tercera hija —Leonor— y con su yerno, el conde de Foix, instituyéndoles como nuevos herederos de Navarra. Esto obligó a Carlos a exiliarse en mayo de 1456, iniciando un periplo que le llevó a pedir infructuosamente ayuda en la corte de Francia, en la pontificia de Roma y, finalmente, en la napolitana de su tío, el rey Alfonso V de Aragón. Allí llevó a cabo distintas traducciones a la lengua romance de autores clásicos, siendo la más importante la de las Éticas de Aristóteles, en la que muestra su interés por la sabiduría clásica y la importancia que daba a que esta se aplicara en un marco de referencia cristiano, adelantándose así al humanismo que habría de desarrollarse en la centuria posterior.
Vuelto a la Península en 1459, los intentos de llegar a una concordia con su padre no fructificaron, siendo detenido de nuevo tras las Cortes de Lleida, en diciembre de 1460. Las quejas de la Generalitat consiguieron su liberación dos meses después, siendo recibido triunfalmente en Barcelona en marzo de 1461 y nombrado allí mismo lugarteniente perpetuo de Cataluña, territorio que ya no escondía su abierta rebelión contra el rey Juan II. Sin embargo, las capitulaciones de Villafranca, firmadas en junio, no reconocieron la primo- genitura aragonesa al príncipe y estipularon además que Carlos no podría residir en Navarra, cuyo trono continuaba siendo su anhelo político más importante.
Negociando una vez más con Enrique IV de Castilla su posible matrimonio con la infanta Isabel, le sorprendió la muerte el 23 de septiembre de 1461, entre fuertes rumores de envenenamiento, lo que provocó un estallido místico-político sin precedentes en la capital catalana, donde los poderes fácticos lo convirtieron en símbolo de las libertades forales e incluso hicieron correr el rumor de que había fallecido en loor de santidad. Juan II otorgó muy pocos días después el título de primogénito de Aragón a su segundo hijo, el futuro Fernando el Católico, que fue también quien acabó casándose con Isabel de Castilla y, apenas medio siglo después, conquistando el reino de Navarra.
Obras
Crónica de los reyes de Navarra, 1454.
Traducción de las éticas de Aristóteles, según la versión latina de Leonardo de Arezzo, Nápoles, 1458.
Epístola a todos los valientes letrados de España, publicada póstumamente por su mayordomo don Fernando de Abarca de Bolea y Galloz, 1480.
Bibliografía
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Orcástegui Gros, C., La crónica de los reyes de Navarra del príncipe de Viana, Pamplona: Diputación Foral de Navarra, 1978.
Ramírez Vaquero, E., Blanca, Juan IIy Príncipe de Viana, Iruña: Mintzoa, 1986.
Zuza Viniegra, M., Príncipe de Viana: el hombre que pudo reinar, Pamplona: Pamiela, 2018.
Cita bibliográfica
Zuza Viniegra, M., “Evreux y Trastámara, Carlos de», Jimeno Aranguren, R., (dir), Notitia Vasconiae. Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de vasconia, T. I, Marcial Pons, Madrid, 2019, pp. 264-268.





