Karguak eta lanbideak
Testua gaztelaniaz
Clérigo e historiador.
Ibilbidea
Testua gaztelaniaz
Pierre Narbaitz ocupa un lugar importante en la Iglesia católica de Iparralde, en su historiografía y en las reformas litúrgicas a favor del euskera.
Nació en 1910 en Ascarat/Azkarate, en la Baja Navarra, en el seno de una antigua familia de la casa Intxauspe. Pierre Narbaitz Caillava se orientó desde muy joven hacia el sacerdocio y estudió en las escuelas católicas de Belloc y Ustaritz/Uztaritze, y en el seminario mayor de Bayona. Se licenció en literatura y filosofía escolástica en el Institut Catholique de Toulouse. Fue ordenado sacerdote en 1934 y nombrado inmediatamente profesor del Seminario Menor de Ustaritz/Uztaritze; más tarde pasó a ser el director del seminario mayor de Bayona en 1938 y se convirtió en una figura destacada de esa diócesis. Vicario general desde 1952, activo, eficaz y amable, era un hombre poderoso dentro de la Iglesia. Se han propuesto varias hipótesis sobre por qué no fue nombrado obispo. P. Narbaitz tenía muchas responsabilidades en diversas asociaciones, entre ellas la Acción Católica, las colonias de vacaciones para jóvenes y los patronatos; sabía delegar eligiendo colaboradores entusiastas, como el P. Charriton, para la realización de diversos proyectos como la casa de los vascos en París. Entre los problemas a los que tuvo que hacer frente figura el asunto Finaly, que afectó a la diócesis de Bayona y a sus sacerdotes antes de resolverse en parte en Lazkao. Sus diversas responsabilidades no le impidieron realizar una interesante obra sobre la historia del País Vasco, que culminó con su libro titulado Le matin basque publicado en 1975. Muestra un especial apego a Navarra (incluyendo la Baja Navarra) en sus obras de 1978 sobre Navarra, Roncesvalles/Orreaga y San Francisco Javier. Más adelante hablaremos de otra faceta importante del P. Narbaitz, que supo utilizar su don de gentes y su posición para poner en marcha la reforma litúrgica de 1965. También era un melómano y un esteta, compuso una misa cantada en euskera y escribió un libro sobre su compatriota Maurice Ravel, a quien admiraba. Encontró tiempo para hacer la traducción de una pastoral de Luis Villasante, así como la difícil traducción de los Pensamientos de Blaise Pascal. Murió en Ascarat/Azkarate en 1984.
Quizá sea significativo que su primer artículo, un artículo modesto publicado en 1934 en Gure Herria, estuviera dedicado a la romería anual de Solbezio que se celebra en Roncesvalles/Orreaga. Respondió a un artículo de J. Uhart que veía en Solbezio un avatar de Salvatio, en el sentido de «fiesta de la Natividad», y declaró que prefería verlo como Zolutio, en el sentido de «perdón» de las faltas. En estas breves líneas ya se hace patente su interés por Navarra, por el euskera y por la religión.
En 1966 intentó escribir una biografía de San Francisco Javier, cuyo título en euskera, San Frantses Jatsukoa, reivindica a través del propio nombre de Jaxu/Jatxou el origen en parte bajonavarro del personaje. El libro tiene 316 páginas y es bilingüe. El autor introduce la obra con un capítulo sobre los santos vascos, en el que se impone el género masculino al no haber mujeres vascas canonizadas. A continuación, Narbaitz sitúa al personaje de Francisco. Aunque el libro no pretende aportar nuevos datos desde el punto de vista histórico, lo que lo hace destacar es el tono muy personal, etxekoz etxeko en palabras de Lafitte (Lafitte, 1966, 179), es decir, familiar, casi jovial, dirigido al público vasco y vascoparlante. La lengua elegida es el euskera bajonavarro más clásico, que el autor domina a la perfección. En este sentido, recuerda a la obra de Laphitz de 1867 sobre el mismo personaje.
En 1965, P. Narbaitz elaboró un importante artículo titulado «La reforma litúrgica y la lengua vasca». Muestra cómo, incluso antes del famoso congreso de Arantzazu en 1968, la preocupación por unificar el euskera, al menos en su aspecto litúrgico, era cosa de unos pocos clérigos competentes. Hoy en día, la importancia de este trabajo litúrgico y lingüístico queda sin duda desdibujada por el hecho de que la Iglesia y sus ritos ya no ejercen, ni de lejos, la misma influencia que en los años sesenta. Pero no cabe duda de que este intento influyó para que unos años más tarde se constituyera el euskera batua.
En su interesantísimo artículo, sin duda uno de los mejores de P. Narbaitz, en su calidad de vicario general recuerda el contexto de renovación de la Iglesia católica a partir del Concilio Vaticano II, algunas de cuyas medidas se aplicaron con bastante rapidez incluso en un País Vasco considerado, no sin razón, como conservador. Narbaitz evoca los precedentes, es decir, los libros religiosos ya escritos en euskera, incluyendo los misales. Destaca el papel precursor del benedictino Gabriel Lerchundi, musicólogo, que ya en 1947 reclamaba una liturgia bilingüe euskera-latín. También recuerda el papel favorable de monseñor Houbaut en la producción de obras religiosas en euskera. En 1960 se imprimieron 6.000 ejemplares del Meza-Bezperak. Se vendieron rápidamente 7.000 ejemplares de la edición de 1961 de Elizako Liburu Ttipia. Antes de los años sesenta, el obispo de Bayona, monseñor Terrier, propuso en 1954 a la Congregación de Ritos de Roma un «ritual en latín-euskera». En aquella época, la liturgia se celebraba exclusivamente en latín, con algún que otro fragmento en francés. Le dieron una respuesta negativa. Terrier fue a Roma para obtener al menos una autorización oral en un contexto que Narbaitz califica de «guerrilla amigable» entre ungidos. Se completaron las primeras obras con el Ebanjelio Saindua de Léon y los Kantikak, publicadas bajo la dirección de Diharce Iratzeder y Lerchundi. Los jóvenes seminaristas, entre ellos Pierre Andiazabal, sensato y diligente animador, se formaron en la liturgia y el euskera. El monasterio de Belloc se convirtió en un pilar de este progreso. Había fundado en 1950 la editorial Ezkila, que publicó toda una serie de obras, algunas de las cuales fueron «traducidas» al vizcaíno y al guipuzcoano. Su revista Otoizlari está dedicada a la espiritualidad benedictina. En el volumen Igandeko Bezperak destacan los salmos en euskera, de los que se vendieron 8.000 ejemplares. El padre I. Baztarrika recuperó los Salmos [Salmoak] en Lazkao.
Según Narbaitz, 1964 fue un año crucial para el desarrollo del euskera. El 17 de marzo de 1964, se adoptaron tres importantes decisiones con ocasión de la celebración de una reunión en el Seminario Mayor de Bayona. 1: La Epístola y el Evangelio se leerían y cantarían en euskera. 2: El libro Salmoak, de Belloc, sería el libro de base. 3: La revista Otoizlari se dedicará a un estudio más amplio. Es conveniente citar a los sacerdotes que se encargarán de llevar a la práctica estas decisiones proporcionando textos en buen euskera, aceptables para los fieles: M. Mendiboure, G. Epherre, J. Hiriart-Urruty, J. Camino, Curutcharry, Larzabal y Andiazabal, los benedictinos Iratzeder, G. Lerchundi, M. Etchandy y más tarde Emille Larre, Etchebarne, Bidart, y después P. Lafitte, P. Charriton, M. Larralde, A. Erdozaincy, B. Olhagaray, Goity, J. L. Aguer, Mailluquet y el propio P. Narbaitz, que se encargó sobre todo del nihil obstat en el ámbito teológico. Sin embargo, también creó una misa cantada (Meza laburra, organoa lagun) de la que se grabó un disco. A pesar de que era juez y parte, Narbaitz demostró que esta reforma tenía una buena acogida en las parroquias. Si hubo alguna crítica, esta vino sobre todo del clero: algunos reprochaban a la obra la premura con la que se había realizado, otros que el euskera utilizado era demasiado costero, es decir más de Labort que de la Baja Navarra, o que no era suficiente. Sobre la calidad de las canciones parece que había unanimidad. En la última parte de su obra, Narbaitz examina la situación en Sola y el gran trabajo del canónigo Epherre a partir de 1958 y las versiones suletinas. Narbaitz no da una imagen detallada de la situación más allá del Bidasoa, pero señala que el Ordinario de la Misa se ha publicado en euskera en Navarra gracias a la asociación Príncipe de Viana. Por último, Narbaitz resume las razones que le hacen ser pesimista u optimista sobre el futuro de la lengua tras esta reforma. Narbaitz es optimista, siempre que el esfuerzo de la Iglesia vaya acompañado de la introducción masiva del euskera en las escuelas y los medios de comunicación. Termina con esta cita de Pedro Arrupe: «La Iglesia solo puede salvar a los hombres salvándolos en y con el entorno vital que forma su cultura». No cabe duda de que este artículo de Narbaitz anuncia el movimiento que pronto verá la luz en las reuniones de Bayona en 1965, por iniciativa de militantes laicos como Txillardegi, Krutwig, Irigarai y Davant, y luego en Arantzazu en el congreso de Euskaltzaindia, movimiento que mostrará el mismo entusiasmo y se hará las mismas preguntas en un marco ampliado a la sociedad laica de las siete provincias.
P. Narbaitz amplía su artículo con una comparación de textos en diferentes dialectos y además propone su propia versión de un Pater/Gure Aita, muy próxima a la que se utiliza actualmente en euskera unificado. Unas páginas más adelante, una entrevista con Manuel de Lecuona aclara las directrices de la Iglesia católica sobre lo que esta autoriza en las traducciones. Estas recomendaciones de la Iglesia no carecen de interés, como tampoco la forma en que el clero vasco se ha adaptado hábilmente a ellas:
Fidelitas cum originali: fidelidad con el original. Nada extraño.
Popularitis, simplicitas, claritas: también aquí la instrucción parece razonable contra el purismo o los galimatías.
Dignitas, gravitas. ¿Qué puede haber más normal que una cierta gravedad de tono?
Versio unica pro unaquaque lingua. Una única versión para un idioma. Esta instrucción es muy importante porque obligaría a producir un texto en una lengua unificada, no dejando lugar a dialectos y otras variedades. Pero Manuel de Lecuona señala que en el caso del euskera, además de la división política en dos estados, los promotores de la reforma consideraron que no había un euskera sino tres euskeras litúrgicos: el guipuzcoano, el vizcaíno y el labortano. Utilizaron el ejemplo del castellano: los obispos de Argentina pidieron una traducción al castellano específica para Argentina.
Algún tiempo antes P. Narbaitz había sido propuesto como académico de la lengua vasca en 1960, pero renunció a ese nuevo cargo.
En 1969 Narbaitz se lanzó a elaborar un panorama de la nueva canción vasca de la época. Su punto de partida fue una reunión de scholae, coros, en Hasparren en 1969, que demuestra la afición tradicional de los vascos a cantar, y cita a los cancioneros de Azkue, Donostia y Bordes. En la canción tradicional se ha producido un profundo cambio, ya no se aprecia el formato de versiones largas y se utiliza la polifonía o al menos los dúos, y han podido influir en ello los estilos de canto del sur del País Vasco, por ejemplo, con el grupo Eresoinka, según Narbaitz en detrimento del gusto por la letra, que es patente en la canción tradicional. Narbaitz insiste, sin severidad, pero con firmeza, en la necesidad de realizar progresos técnicos en la música, de contar con armonizadores de calidad y de remediar la falta de orquestas.
P. Narbaitz habla después de la «nueva canción», impregnada de influencias internacionales. Ve precursores en el movimiento Aitzina, con Lafitte y el propio Narbaitz (bajo seudónimos), pero el verdadero movimiento había comenzado con Olaeta y Oldarra, cuyos promotores habían venido del sur tras la guerra de 1936, con un concurso de canción vasca en 1948 en Bayona. Narbaitz caracteriza la nueva canción vasca de los años 1969 como proclive a los nuevos ritmos y, en general, portadora de un mensaje de protesta. Cita a los principales cantautores como Michel Labéguerie, Nemesio Echaniz, el grupo Soroak, Ez dok amairu, cuyo papel esencial destaca en torno a Julian Lekuona (Ez dut nahi, ez, ez, ez, ez holako zibilizaziorik), Lurdes Iriondo (Nere herria maite dudalako; Gazte gera gazte, ta ez gaude konforme), Benito Lertxundi (Mendian larrartean y su actualización de canciones tradicionales suletinas que han cobrado nueva vida gracias a su talento), Abel Muniategi, Mikel Laboa (Oso merke saltzen dira Euskaldunaren ustiak) y las letras de Aresti (que P. Narbaitz no cita), Xabier Lete, Estitxu y Oskarbi. P. Narbaitz recuerda que las actuaciones de estos nuevos cantantes eran a menudo motivo de escándalo. Siguieron Urretxindorrak, Maite Idirin y Bittor Egurrola. En el norte, Etxamendi y Larralde aparecieron más tarde, seguidos de Alfaro, Pagola, Sarasola, Patxika Erramuzpe, Borda, Carrère y Ospital (Pantxoa eta Peio).
P. Narbaitz hace balance, negándose a entrar en el debate sobre si la canción vasca es o no música vasca, argumentando que la canción vasca siempre ha estado más o menos abierta a diversas influencias. Propone que esta nueva canción se asiente sobre dos pilares, serenidad en los temas y en los ritmos (aboga por el andante moderato, que según él es el ritmo del vasco o la vasca al caminar), y como corolario, la libertad, inspirada en la libertad de métrica y de ritmo de la antigua canción Oi xarmagarria. Cree que la canción vasca muestra un indudable despertar, una gran preocupación por el futuro y un deseo de compromiso. Salta a la vista la empatía de Narbaitz con la canción vasca, cuyo conocimiento no es de libro, sino fruto de un minucioso seguimiento.
En cuanto a la historiografía, P. Narbaitz dedicó años de trabajo a la que consideraba su obra cumbre: Le matin basque, publicada en 1975. Partió del deseo de conocer el pasado del pueblo vasco para arrojar luz sobre su futuro, dejando de lado el periodo prehistórico que consideraba demasiado oscuro, para seguir los pasos del pueblo vasco en los primeros siglos de nuestra era hasta principios del siglo IX. Reunió datos procedentes de la arqueología, la epigrafía y la etnología. Estudió los primeros nombres del pueblo vasco y del territorio que ocupaban. A continuación, los diversos movimientos de los pueblos ibéricos, mediterráneos e incluso indoeuropeos, la «apisonadora romana» y luego los vándalos, alanos, suevos, visigodos y árabes.
El capítulo dedicado a los nombres del pueblo vasco recuerda las vicisitudes del nombre dado a los vascos: Ouascons o vascones, cántabros, aquitanos, iberos, iacetanos, celtíberos, vardulanos, caristios, autrigones, gascones, navarros, labortanos, suletinos, alaveses, vizcaínos, guipuzcoanos, vascos y vascongados, euskarianos. Esta lista está tomada palabra por palabra de Tito Livio, Salustio, Estrabón, Mela, Plinio y Ptolomeo. A continuación, realizó un estudio de los nombres de los vascos dados por los propios vascos: (h)Euskaldun, euskotar. No sigue la opinión de Arana Goiri, que relaciona Eusk– con el nombre del sol, eguzki, y prefiere atenerse a Ausci, lugar situado en la región de la actual Auch. Curiosamente, al igual que Arana Goiri, prefiere la reciente denominación euskotar a euskaldun. Después de la lengua, aborda el territorio, que fluctúa y es mayor que las fronteras actuales. Se basa en el famoso texto de J. César y su tripartición de la Galia, que incluye la parte aquitana. También recurre a la epigrafía, entre ellas las inscripciones de la actual Gascuña, cerca de Saint-Gaudens. Amplía su estudio hacia el sur, en dirección a Burgos. Insiste en la reducción progresiva del territorio del pueblo vasco, desde Ariege, Asturias y el Duero. Siguiendo la metáfora del título, se plantea la cuestión del amanecer vasco, así como la distinción entre vascos e ibéricos. Vascos e indoeuropeos (ligures, celtas y las consecuencias de la celtización como la urbanización, los avances agrícolas y la introducción del hierro, y mediterráneos). Cree que la influencia celta fue mayor que la llamada ibérica, y que la mediterránea fue más reducida. Se refiere después a la «conquista» romana, que dice fue una conquista sin batallas notables, salvo la de Craso. Tras la caída de Numancia, Aquitania también quedó bajo control romano. Saca conclusiones sobre la mentalidad de los vascos, su relativa lealtad a los romanos y su deliberada hostilidad a los invasores nórdicos. A continuación, se estudian las formas de romanización, a través del ejército, de las calzadas, de la economía y el progreso agrícola, y del desarrollo de la urbanización. Habla del nacimiento de la Novempopulania y de la lengua, y manifiesta su temor de que esta romanización se sienta ahora como un ataque a la originalidad instintiva y vital de los vascos. A continuación, viene el periodo de relaciones entre vascos y bárbaros, del 407 al 711. Explica que en el 407, los alanos, los suevos y los vándalos entraron en la península Ibérica, probablemente a través de Roncesvalles/Orreaga, y que los visigodos se instalaron en Narbona en 412, constituyéndose así el dominio franco-visigodo. De paso, Narbaitz aprovecha para posicionarse sobre las llamadas invasiones vasconas y contra la opinión corriente de que los vascos estaban replegados al sur de los Pirineos «desde siempre» y que en el norte, los vascos se asentaron más tarde, en el siglo VI. Esta versión se basa en un único texto, el de San Gregorio de Tours, mal interpretado, según Narbaitz, y mal revisado por Oihenart, Marca, Risco, Jaurgain, Collignon, Albert Léon y Cuzacq. Ferdinand Lot recoge esta tesis sin reservas, así como Zacarías Vizcarra a quien Narbaitz (des)califica como «futuro obispo de los Ejércitos». Narbaitz comenta: «El País Vasco continental, la primera colonia española […]. No se habría podido decir nada más encantador». El autor no puede evitar reaccionar a veces de forma epidérmica ante los autores de ciertas afirmaciones, lo que confiere a su obra un tono poco convencional en comparación con el estilo de los historiadores profesionales. Aunque parezca paradójico, ve en las invasiones árabes una consecuencia positiva, como fue la aparición y el fortalecimiento del reino de Navarra. En cuanto al contexto de la batalla de Roncesvalles, esta es probablemente la parte más fácil de leer del libro, ya que Narbaitz recuerda los pormenores de la batalla, desde el pacto de Padderborn entre Carlomagno y un gobernador, Sulayman ibn Yaqzan al-Arabi, hasta la batalla propiamente dicha. No podía conocer la obra de Michel Rouch, publicada poco después y que ofrecía una versión más condensada de la historia, y que estudiaba al mismo tiempo la relación entre leyenda, relato épico, acontecimiento histórico y desinformación a la luz de los trabajos opuestos o complementarios de Michelet, G. Paris, Mommsen, Bédier, Fawtier, R. Louis, R. Lejeune y, sobre todo, Menéndez Pidal. Narbaitz no se inscribe en absoluto en las distintas corrientes históricas de su época, lo que constituye sin duda uno de los puntos débiles del libro. Después de Roncesvalles, Narbaitz abre un capítulo sobre «L’annonce faite au peuple basque» («El anuncio hecho al pueblo vasco»). Propone ver en el pueblo vasco un pueblo imperfectamente romanizado a la caída del Imperio Romano y aún más imperfectamente cristianizado. El autor presenta así la mitología vasca, precristiana, en una síntesis inspirada en Barandiarán y aporta algunos párrafos sobre la brujería. Narbaitz pasa después a la aparición del cristianismo, sus primeros santos en el siglo IV, el nacimiento de las diócesis, la explosión de la vida monástica en el siglo IX con un cristianismo que se fue instalando con relativa lentitud. Tras un largo apéndice (397-471) que completa los capítulos anteriores y no está exento de lirismo, P. Narbaitz lamenta en su síntesis final la falta de datos del pasado sobre el País Vasco, cualquiera que sea su territorio, hoy reducido. Insiste en el peso de las invasiones, ya que según él las de los indoeuropeos y los celtas fueron bien contenidas, mientras que la romanización constituyó un fenómeno mucho más significativo. P. Narbaitz constata que existía una falta de organización política propia durante todo el periodo, salvo en forma elemental y tribal. Considera que se trata de una debilidad recurrente, incluso en la época moderna. También señala cómo el euskera está notablemente ausente de los documentos y únicamente aparece de forma indirecta. Ello no impide al autor formular una nota final optimista sobre el futuro de la lengua y del pueblo vasco. La obra se completa con un índice de nombres propios. Cabe señalar que Narbaitz no participó, al menos como ponente, en el coloquio de Saint-Jean-Pied-de-Port dedicado a la batalla de Roncesvalles, organizado por la Société des Sciences, Lettres et Arts de Bayonne, cuyas actas se publicaron en 1979 en la BSSLAB, tal vez porque Narbaitz se mantenía al margen de las investigaciones académicas que le rodeaban.
Obrak
Testua gaztelaniaz
«Solbezio», GH, 14 (1934), p. 383.
«Hommes d’église. Un général basque, Ignace de Loyola», BMB, 21-22 (1942-1943), pp. 139-144.
ARRADOY, P., «Eskualdunen ohorea», GH, 37 (1965), pp. 3-11.
— «Réforme liturgique et langue basque», GH, 37 (1965), pp. 257-304.
— San Frantses Jatsukoa. Biographie basque de St. François de Jaxu et Xavier, San Sebastián: Izarra, 1966, 363 pp.
NAVARRE, P., «Essor ou déclin de la chanson basque?», GH, 41 (1969), pp. 193-253.
Maurice Ravel. Un orfèvre basque, Anglet: IPSO, 1975, 170 pp.
Le matin basque ou Histoire ancienne du peuple vascon, Paris: Librairie Guénégaud, 1975, 520 pp.
Orria ou La bataille de Roncevaux (15 août 778), Bayonne: Zabal, 1978, 239 pp. Traducción al español: Orria o La batalla de Roncesvalles (15 de agosto del 778), San Sebastián: Elkar, 1979.
Nabarra, ou quand les Basques avaient des rois, Bayonne: Zabal, 1978, 637 pp. Traducción al español de Elena Barberena: Navarra o Cuando los vascos tenían reyes, Tafalla: Txalaparta, 2007.
«Euzkadi Norte hasta el siglo XVI», Historia del Pueblo Vasco, San Sebastián: Erein, 1979, vol. 2., pp. 5-30.
Bibliografia
Testua gaztelaniaz
CHARRITTON, P., Pierre Narbaitz (1910-1984), Vitoria-Gasteiz: Eusko Jaurlaritza, 2002.
GOYHENECHE, E., «P. Narbaitz : Le matin basque», GH, 45 (1975), pp. 193-200.
LAFITTE, P., «P. Arradoy: San Frantses Jatsukoa», BMB, 34 (1966), pp. 177-180.
Fuentes: DÉCÈS EN FRANCE, «Narbaitz, Pierre Pascual». En línea: https://www.deces-en-france.fr/resultats/5451664-narbaitz-pierre-pascal (consultado el 27 de diciembre de 2022).





