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NOTITIA VASCONIAE Gipuzkoako egileak eta obrak

MOCOROA MÚGICA, Justo María (seudónimos Iparralde, Argizale, Ibar) (Tolosa, Gipuzkoa, 28 de mayo de 1901 – Bilbao, 7 de noviembre de 1990)

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Karguak eta lanbideak

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Sacerdote, profesor, fraseólogo, lexicógrafo y escritor.

Ibilbidea

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Justo María Mocora nació en Tolosa en 1901, en el seno de una familia de profundas creencias católicas. Su padre, Valeriano Mocoroa, era un personaje muy conocido en la ciudad, donde regentaba una librería e imprenta denominada Librería Católica, dedicando también tiempo a escribir textos de poesía y teatro en euskera. Casado con Josefa Martina Múgica (quien había nacido en el barrio Garin de Beasain), la pareja tuvo nueve hijos.

Justo María fue uno de estos vástagos y, como hemos señalado, creció en un ambiente donde religión y euskera llenaban el ambiente por completo. Desde muy niño pudo observar el proceso de decadencia en el uso y calidad de la lengua hablada que se estaba produciendo en su ciudad natal bajo la presión acelerada del castellano. En especial le llamaba la atención la frescura del habla de las mujeres de los caseríos que bajaban a Tolosa en días de mercado (a las que escuchaba directamente por hospedarse muchas de ellas en casa de su padre), o el de las gentes con las que se encontraba durante su estancia veraniega anual en el caserío de su madre en Garin, y cuyo estilo rico contrastaba con el de los sectores más erderizados de los kaletarrak de Tolosa. Estas primeras vivencias marcarían las características de toda su obra intelectual posterior y, de hecho, estaba tan preocupado por la cuestión, que con tan solo catorce años empezó a escribir una novela titulada Azkeneko euskaldunak, «los últimos euskaldunes».

Entre 1906 y 1913 realizó los primeros estudios en el colegio de los padres escolapios de su localidad natal, despertándose en aquel entorno su vocación sacerdotal, la cual también se extendió a varios de sus hermanos. Así que en 1913 acudió a la casa de formación de los escolapios de Tafalla, pasando al año siguiente al centro de Peralta de la Sal (Huesca). Prosiguió sus estudios eclesiásticos en Irache y Zaragoza, recibiendo el grado de sacerdote en 1924 en Pamplona, de manos del obispo local Mateo Múgica.

A partir de aquí inició una larga labor profesional como profesor, al principio en Zaragoza y pronto en Pamplona. Pero el 7 de marzo de 1926 tuvo que abandonar el país para viajar a Chile, donde residió siete años, trabajando de profesor de francés en el Colegio Hispano Americano de Santiago de Chile, regido por los padres escolapios. Allí trabó estrecho contacto con los muchos vascoparlantes que residían en la zona (baztaneses en especial, aunque también algunos guipuzcoanos y vizcaínos), a los que oficiaba misa en euskera cada domingo. Con el tiempo, su vida dio un nuevo giro y en 1933, a consecuencia de la formación de la provincia escolapia de Vasconia, recibió la orden de regresar a Pamplona, trabajando como auxiliar y secretario del provincial de la orden, labor que supuso una reducción de las horas en las que debía dar clase, por lo que empezó a contar con más tiempo libre, oportunidad que aprovechó para preparar la que sería una de sus obras más emblemáticas: Genio y lengua.

Poco le duró este periodo de estabilidad pues en 1936, al producirse el Alzamiento nacional, su situación en la capital navarra se volvió problemática debido a su ya amplia carrera como escritor en revistas euskaltzales y sus simpatías nacionalistas. Para colmo, el colegio de los escolapios de Pamplona se convirtió en cuartel general y centro de detención de la Delegación Nacional de Requetés, siendo Mocoroa testigo directo de los maltratos y ejecuciones allí efectuadas, las cuales relató en un informe que escribió en 1937. Aquella situación era demasiado para él, así que el 31 de octubre del mismo año escapó a la abadía benedictina de Belloc (Urt/Ahurti, Labort), donde recibió una cálida acogida. Aunque tampoco entonces el destino le concedió permanecer quieto en un mismo lugar, pues pronto fue llamado por el obispo de Dax, ciudad donde pasó los siguientes cuatro años ejerciendo de profesor en el seminario local.

En abril de 1941 regresó a Tolosa debido al fallecimiento de su padre, habitando hasta octubre en la comunidad de escolapios de Orendain. Visto que el ambiente al sur de los Pirineos seguía enrarecido, decidió embarcarse nuevamente a Chile, donde residió otros nueve años ejerciendo de profesor en el mismo colegio de la vez anterior, experiencia que le permitió, de paso, entrar en contacto con la gran cantidad de vascos exiliados en aquel país.

En 1950 regresó a Europa, viviendo un tiempo en Tafalla y Madrid (periodo para él de inactividad), hasta que al fin regresó a Tolosa en 1953, donde habitó un par de años y trabajó de profesor en el mismo colegio donde había estudiado de niño. En 1955, no obstante, realizó el último gran traslado de su vida, pues recaló en el colegio Calasanz de Bilbao, en el que fue rector y profesor de varias asignaturas, y donde residió hasta su muerte (aunque con breves periodos de estancia en Irache y Tolosa). En estos años finales en Bilbao tuvo de alumnos a personajes tan conocidos en el mundo de la cultura vasca como Xavier Kintana, Andolin Eguzkitza, Gregorio Monreal, Ramón Zallo, Patxo Unzueta o Adolfo Arejita.

Mocoroa comenzó a escribir desde muy joven, impulsado por el ejemplo que era para él su padre, al que veneraba por su gran capacidad de expresión. Al principio publicó gran cantidad de artículos en revistas como Argia, La Voz de Navarra, Zeruko Argia y Euskal Esnalea, empleando seudónimos como Iparralde (mezcla de los apelativos de sus dos autores más estimados, Iparraguirre, el poeta del siglo XIX, y del apelativo de Orixe Gibelalde), Argizale y, especialmente, Ibar (surgido al reinterpretar el apellido Iparraguirre como derivado de ibar «valle»). Además de estos pequeños trabajos originales, se interesó por las traducciones, destacando las que hizo de El ruiseñor de Errota-­zuri (1924) del escritor navarro Iturralde y Suit, o la de El último tamborilero de Erraondo (1958) de Campión, ambos trabajos en la misma línea de preocupación de pérdida de la identidad vasca como consecuencia del abandono del euskera a favor del castellano.

Sus méritos en el terreno del euskera motivaron que fuera nombrado miembro correspondiente de Euskaltzaindia el 26 de septiembre de 1957, y académico de honor en 1979. Totalmente contrario al proceso de diseño del euskara batua y enemigo del uso de la H, tenía un lema personal sobre la unificación del idioma: bakoitza bere bidetik alkarren billa «cada cual por su parte en busca de los demás». Es decir, que tal proceso de unificación debía ser el resultado de un proceso espontáneo de fusión colectiva, y no de académicos alejados del pueblo llano.

Si revisamos su producción intelectual, la obra más importante de la primera mitad de su vida fue, sin duda alguna, el libro titulado Genio y lengua (1936). Sentía tan gran necesidad de publicar este libro que incluso pensaba que, asociándolo con el gran poema de su admirado Orixe Euskaldunak (elaborado y publicado por primera vez en aquellos días), sería posible aportar nuevas energías al moribundo euskera. Pero Justo María se encontró con el estallido de la Guerra Civil tan solo veinte días después de su publicación el 28 de junio por lo que, de momento, apenas tuvo difusión.

En este trabajo (comenzado a redactar en respuesta a un artículo de Aitzol en el que este criticaba las resistencias del pueblo a leer en euskera), Mocoroa condensó el pensamiento de preocupación máxima por el destino del idioma que lo venía agitando desde la infancia, elaborando en el libro un discurso de reacción a los excesos de los aranistas con su euzkera garbija y contestando a Aitzol que la escasa afección del mundo vascoparlante hacia la literatura que se hacía aquellos años no se debía a la presunta apatía del pueblo, sino por el contrario, al alejamiento de los escritores del nivel popular y natural de la lengua. Para él, en la apurada situación que vivía el idioma, a la hora de componer un nuevo libro se debía primar la capacidad de interesar al público frente a la calidad teórica, y buscar la expresividad, la emoción y no la imposición de esquemas léxicos y gramaticales artificiales.

Pero es la parte central de Genio y lengua la que causó la influencia más importante. Mocoroa defendió aquí que ni la obsesión racista tan típica de los abertzales de la época ni la predilección por los espectáculos folclóricos iban a servir para preservar la identidad colectiva, pues para él existía un «genio» propio de cada pueblo, una identidad o Volksgeist que se iba transmitiendo a lo largo de los siglos, y que en el caso del pueblo vasco habitaba en su lengua. Por ello, llegó a la conclusión de que la supervivencia de los vascos dependía de la conservación del euskera, que el idioma configuraba su visión particular de la realidad y que era el elemento que aportaba la identidad. De esta manera, los principales esfuerzos de salvación patriótica debían ir encaminados a su preservación. Asimismo, la religión católica supondría la base moral de la sociedad, considerando que existía un gradiente de mayor a menor integridad moral desde los sectores vascoparlantes más puros a los más erderizados.

Hoy en día tales postulados (producto típico de la influencia de las teorías del nacionalismo alemán) no pueden sostenerse ante el desarrollo de ciencias como la lingüística y la antropología, que revelan que las culturas de los seres humanos son principalmente respuestas a las exigencias de supervivencia que impone el medio ambiente, que las identidades son sumamente variables a lo largo del tiempo y que las lenguas funcionan como simples sistemas de transmisión de información basadas en una gramática universal de la especie fijada genéticamente en el cerebro. No es la lengua la que condiciona la mentalidad, ni nadie es prisionero de las estructuras de su habla materna, sino que, al contrario, son las vivencias y retos de cada ocasión los que moldean el habla, provocando su constante mutación y evolución en lo fonético y semántico. Pero, una vez superados los años de la Guerra Civil y la posguerra, durante las décadas de los cincuenta y sesenta Genio y lengua se encontró con un  sustrato sociológico extraordinariamente favorable para sus ideas.

Por un lado, los excesos de la Segunda Guerra Mundial habían estigmatizado todos los planteamientos racistas en Europa y, por el otro, se vivían años de efervescencia de lo que ha sido denominado el «giro lingüístico», o preocupación creciente en el campo filosófico por las lenguas y los discursos como sistemas de control del pensamiento de masas. A ello se unía la situación peculiar de la zona vascoparlante, sometida a restricciones por parte del régimen franquista. El resultado fue que diversos ejemplares de aquella tirada de 1936 fueron corriendo discretamente de mano en mano entre casi todos los preocupados por salvaguardar la identidad vasca frente al esquema del Estado nacionalista español, llegando a convertirse en una especie de texto sagrado que estableció las bases ideológicas del nuevo nacionalismo vasco que iba resurgiendo aquellos años, así como del ideario de ETA y la izquierda abertzale.

Aunque Genio y lengua bastaba para inmortalizarlo en círculos euskaltzales, si hay una obra de Mocoroa que lo convirtió en un referente intelectual de primer orden esa es Ortik eta emendik: su gran diccionario de 92.167 locuciones del euskera, trabajo titánico que le llevó más de cinco décadas de esfuerzos en solitario, y que deriva de manera íntima de la que fue la preocupación de toda su vida de salvaguardar a la lengua vasca como idioma especialmente destinado a la expresión de lo personal, familiar y sentimental. Y tal objetivo fue superado con creces, pues Ortik eta emendik es a día de hoy una obra no superada (y puede que nunca se llegue a realizar nada parecido), auténtica mina de información acerca de las metáforas y giros del idioma vasco, que sirve lo mismo para encontrar frases con las que enriquecer la expresión, que como tema para tesis doctorales. De hecho, se puede afirmar que brilla con singular fuerza incluso a nivel de la filología internacional, pues la fraseología se trata de un campo de cultivo desigual, que no empezó a suscitar interés hasta hace unas pocas décadas, siendo bastante trabajado en lenguas como el inglés, el francés o el ruso, pero muy pobremente en otras (o incluso nada), suponiendo la obra de Mocoroa un archivo de locuciones muy por encima de lo esperable en proporción al relativamente modesto volumen de hablantes del idioma vasco. Labor que eleva su mérito personal si tenemos en cuenta que la mayor parte del tiempo trabajó solo, de manera vocacional, humilde y entregada.

Mocoroa había observado desde joven que los diccionarios convencionales, en el sentido de libros que recopilan listados de palabras con sus significados principales y acepciones secundarias, resultaban de gran utilidad para transmitir información acerca de una lengua, pero resultaban muy «estáticos», poco eficientes a la hora de recoger las capacidades expresivas del habla popular. Así que muy pronto empezó a recopilar frases, giros, modismos, refranes y locuciones de todo tipo que iba leyendo en revistas, libros y otros escritos, o que escuchaba de labios de hablantes del idioma. Al principio esta práctica no tenía otro objeto que contar con una base de datos personal que le sirviera de ayuda para mejorar su propio estilo de escritura. Y a partir de su entrevista en 1952 con el secretario de la RAE Julio Casares (autor del excepcional Diccionario ideológico de la lengua española), comenzó a concebir ya de manera consciente el proyecto de elaborar un gran diccionario fraseológico del euskera.

El proceso de redacción y preparación se alargó con los años, resultando que hasta alcanzar su jubilación no pudo dedicarse plenamente a la tarea de su publicación, siendo clave para culminar este proyecto por un lado el apoyo económico que consiguió gracias a las gestiones del escritor Gabriel Aresti y, por el otro, el respaldo editorial del Instituto Labayru a instancias del obispo auxiliar vizcaíno Juan María Uriarte.

Cuando tuvo ya impresa y en sus manos la que iba a ser la gran obra de su vida, Justo María expresó que por fin se sentía liberado y con tiempo libre suficiente por delante como para poder realizar uno de sus proyectos más soñados: leer entera la Summa theologiae de Santo Tomás en el texto latino original. Desafortunadamente, los enormes esfuerzos que había realizado durante los meses anteriores en el proceso de revisión final del libro y corrección de pruebas le habían pasado factura, quedando muy debilitado en un momento ya cercano a alcanzar los noventa años. Con el cuerpo consumido pero la mente aún llena de proyectos, Justo María Mocoroa falleció el 7 de noviembre de 1990 en la clínica San Sebastián del barrio de Deusto, oficiando la misa funeral su cercano amigo el obispo auxiliar de Bizkaia Juan Mari Uriarte, quien eligió para despedirlo varios versos tomados del poema Euskaldunak de Orixe.

Obrak

Testua gaztelaniaz

Genio y lengua, Tolosa: Librería de Mocoroa Hermanos, 1936.

Gure baratzeko loreak. Crestomatía publicada en el diario Euzkadi, Chile.

«De vida o muerte. Operación salvamento», Euskera, 3 (1956), pp. 274-282.

Lengua vasca de hoy y de mañana. Ocho respuestas al cuestionario de la II Semana de Antropología Vasca, San Sebastián: Auñamendi, 1971.

«Ortik eta emendik». Repertorio de locuciones del habla popular vasca, oral y escrita, en sus diversas variedades, Bilbao: Labayru; Eusko Jaurlaritza; Etor, 1990.

Bibliografia

Testua gaztelaniaz

AREJITA, A. et al., Justo M. Mokoroa biografia, lanak, usteak. Derioko XXXI. Udako Euskal Ikastaroan eginiko gorazarrea, 1990­-VII­-13, Bilbao: Labayru Ikastegia, 1990.

GAMBOA, J. M.ª, y LARRONDE, J.–C. (eds.), La Guerra Civil en Euzkadi. 136 testimonios inéditos recogidos por José Miguel de Barandiarán, Milafranga: Bidasoa, 2006, pp. 109-110.

GARMENDIA LARRAÑAGA, J., «Aita Justomari Mokoroaren omenaldia (2001-12-14)», Egan, 1-2 (2002), pp. 277-281.

HABE, «Genio y Lengua famatuaren autorearekin hizketan», HABE. Euskara Ikasten Ari Garenon Aldizkaria, 71 (1985), pp. 17-19.

KINTANA, X., Justo Mari Mokoroa (1901­-1990), Vitoria-Gasteiz: Eusko Jaurlaritzaren Argitalpen Zerbitzu Nagusia, 2000.

— «Justo Mari Mokoroaren lana eta eragina», Euskera, 46 (2001), pp. 109-122.

— «Justo Mari Mokoroaren mendeurrenean», Egan, 3-4 (2001), pp. 179-192.

SAN MARTÍN, J., «Justo M. Mokoroa (1901-1990)», Euskera, 36 (1991), pp. 347-350.

— «Justo Maria Mokoroa Ibar idazlearen mendeurrenean», Egan, 3-4 (2001), pp. 193-198.


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