Karguak eta lanbideak
Testua gaztelaniaz
Sacerdote diocesano.
Ibilbidea
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Nacido en el caserío Landaida de Larrabetzu, a la edad de trece años inició los estudios eclesiásticos en el Seminario Conciliar de Vitoria-Gasteiz, ciudad que era por entonces la cabecera de la diócesis que agrupaba a las tres provincias de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa. Tras completar sus estudios, sería ordenado sacerdote el 22 de diciembre de 1923, tras obtener dispensa especial al faltarle aún dos años para cumplir la edad canónica necesaria para la ordenación. Pasó inmediatamente a integrarse en el clero de la diócesis vitoriana, pasando sucesivamente por las parroquias de Anda (Álava), Iratzagorria (Bizkaia) y, desde 1929, Bedia (igualmente en Bizkaia), de cuya parroquia fue nombrado coadjutor ecónomo.
Respecto a la grafía de su nombre, son diversas las variantes con las que aparece referenciado en las diferentes obras y documentos escritos por o sobre él. Además de la grafía castellana de su nombre en los documentos oficiales (Tiburcio Ispizua Menica, o a veces incorrectamente Meñica), en los escritos del propio autor usa diversas variantes de adaptación al euskera. Usa, en ocasiones, Tiburtzi como nombre propio, Ispitzua o Izpitzua como primer apellido, y Menika como segundo. A efectos de este diccionario, hemos adoptado la variante con la que publicaría en 1983 su autobiografía.
En dicha autobiografía se declara «nacionalista sabiniano», si bien aclara que nunca llegó a militar en ningún partido, debido en gran medida a la prohibición que imponía el Derecho canónico a los sacerdotes. No obstante, esto no le impediría que al estallar la Guerra Civil española se alistara voluntario como capellán en el batallón de gudaris Zergatik Ez, de Euzko Mendigoixale Batza. Tras la caída de Bilbao en manos de las tropas franquistas en junio de 1937, huyó a Santoña y Santander, donde logró embarcarse con un grupo de sacerdotes vascos a bordo del buque inglés Molton, con destino a Burdeos. Según la relación del clero nacionalista exiliado que elabora el nuncio monseñor Antoniutti a fines de 1937, Tiburcio de Ispizua se había instalado desde agosto de ese mismo año en Bélgica, acogido al programa de apoyo de religiosos vascos (y de refugiados en general) promovido por el cardenal Van Roey. Durante su estancia en Bélgica permaneció en la abadía trapense de Westmalle hasta que la situación política europea y las amenazas de conflicto bélico aconsejaron su marcha a América.
La ocasión propicia se le presenta cuando el arzobispo de Salta (Argentina) solicitó al también exiliado obispo de Vitoria monseñor Mateo Múgica que le pusiera en contacto con algún sacerdote vasco de entre los refugiados en Bélgica, a fin de que promoviera una obra social católica en aquella ciudad. Monseñor Múgica recomendó a Ispizua por su experiencia en el sindicalismo católico: Ispizua había sido uno de los promotores, en 1933, de la creación de Euzko Nekazari Alkartasuna (Solidaridad de Agricultores Vascos), un intento de sindicato nacionalista que, finalmente, acabaría fracasando, siendo subsumido por ELA-STV (Euzko Langileen Alkartsuna-Solidaridad de Trabajadores Vascos). Llegó a Salta el 24 de abril de 1938. Una vez en su destino, monseñor Tavella le da plena libertad para elegir la obra social católica que creyera más conveniente; al mismo tiempo se encargaría de sendas capellanías en la catedral y el Asilo de Niñas de la ciudad. Tras un periodo de contacto con el medio socioeconómico de la provincia, Ispizua se decantó a fines de 1938 por poner en marcha en Salta una sección de las Juventudes Obreras Católicas (JOC), movimiento internacional fundado por el canónigo Cardyn en Bélgica, a quien había conocido personalmente durante su exilio en aquel país y con quien mantenía asidua correspondencia.
La organización funcionó de modo satisfactorio durante varios años, hasta que en marzo de 1942 optó por propiciar la autodisolución de las JOC salteñas; en aquellos momentos se estaba instalando la obra en toda Argentina, pero siguiendo las directrices marcadas por monseñor Santiago Copello, que Ispizua siempre consideró como una desvirtuación radical del ser de las JOC con la que no quiso colaborar. En sustitución de la desaparecida organización, promovería el nacimiento de un movimiento sindical obrero cristiano, compuesto de diez secciones sectoriales. El éxito de la Confederación Cristiana de Trabajadores de Salta fue rotundo. Pero en enero de 1944 el sindicato católico participa en un intento de huelga en una empresa textil de la ciudad, resuelto mediante negociación entre empresarios y trabajadores. A raíz de esto, la oligarquía salteña se le pone en contra, por lo que el arzobispo pretende removerlo a una parroquia rural. Ispizua opta por abandonar la archidiócesis el 2 de febrero del mismo año.
Llegado a Buenos Aires con la intención primera de dirigirse a Santiago de Cuba, se une al grupo vasco de contraespionaje que actuaba al servicio de Estados Unidos. Por desavenencias con monseñor Copello debido al asunto de las JOC, este se niega a aceptarlo en la arquidiócesis porteña, ni siquiera en tránsito, por lo que habrá de dirigirse a La Plata a solicitar licencias para celebrar. Allí, ante el ofrecimiento del obispo monseñor Chimento para que se quedara como capellán en el Policlínico de La Plata, decide permanecer en Argentina, residiendo en casa de su hermana, también exiliada en Buenos Aires. El 27 de julio de 1947 pasa a actuar como capellán del colegio «San Ignacio» de Wilde (provincia de Buenos Aires), regentado por religiosas mayoritariamente de origen vasco. A la vez, continúa colaborando en el grupo vasco de contraespionaje, hasta su disolución a mediados de 1953. Removido Santiago Copello de la arquidiócesis de Buenos Aires, en 1956, solicita Ispizua su incardinación en ella, siendo aceptado por el nuevo arzobispo, monseñor Lafitte. En la capital argentina ocupará sucesivamente las capellanías del colegio Inmaculada Concepción de los hermanos maristas, del oratorio Jesús Nazareno, de las parroquias Nuestra Señora de la Piedad y Santa Elisa y del Hospital Nacional Braulio A. Moyano. En abril de 1974, tras la enfermedad y muerte de su hermana, decidió regresar al País Vasco, pasando a residir a su localidad natal. Allí falleció en el año 1994.
Desde muy joven se mostró muy activo en una doble faceta de euskaltzale y nacionalista vasco. Respecto a lo primero, ya en sus últimos años como seminarista colaboraría, entre 1921 y 1923, en el Anuario de Eusko-Folklore, publicación de la recién creada por José Miguel de Barandiarán Sociedad de Eusko Folklore (de la que Ispizua sería miembro de su primera junta directiva). Ya como sacerdote, Ispizua fue un gran cultivador del euskara, su lengua materna, convirtiéndose en colaborador habitual de las redacciones de revistas en lengua vasca como Arrati’ko Deya o Jaungoiko zale. Al mismo tiempo, se vinculó abiertamente a la difusión y promoción de actividades políticas del nacionalismo vasco, especialmente desde la cultura y la religón. Además de ser colaborador esporádico de las redacciones de las revistas Aberri y Jagi-Jagi, del diario Euzkadi, o incluso de la publicación nacionalista catalana Nosaltres sous. En Euzkadi, por ejemplo, fue el fundador y encargado durante años de la página agrícola, hecho que sin duda se vincula a su participación en Euzko Nekazari Bazkuna, antes señalada.
Como publicista y divulgador a través del periodismo, Ispizua está plenamente integrado en la generación de sacerdotes vascos que dan sustentación ideológica al nacionalismo en las décadas de 1920 y 1930, si bien, como recuerda Botti, no se encuentra entre los autores más conocidos de ese grupo. De hecho, apenas se hallan referencias en estudios recientes de toda su obra escrita a lo largo de los años previos a la Guerra Civil, a diferencia de lo que ha ocurrido con su autobiografía del exilio, que es sin duda la obra de Ispizua que más repercusión ha tenido, y sigue teniendo, en la historiografía más reciente.
Obrak
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«Refranes y dichos populares de Larrabetzua», Anuario de Eusko-Folklore, 1 (1921), p. 48.
«Comparaciones de Larrabetzua», Anuario de Eusko-Folklore, 1 (1921), p. 59.
«Creencias de Larrabetzua», Anuario de Eusko-Folklore, 1 (1921), p. 63.
«Leyendas de Larrabetzua. Kastrejana’ko subie (el puente de Castrejana)», Anuario de Eusko-Folklore, 1 (1921), p. 92.
«Costumbres de Larrabetzua», Anuario de Eusko-Folklore, 1 (1921), p. 112.
«Fiestas populares. Larrabetzua», Anuario de Eusko-Folklore, 2 (1922), pp. 61-71.
«Fiestas populares. Bilbao, Gatika, Sondika, Bedia», Anuario de Eusko-Folklore, 2 (1922), pp. 73-79.
«Creencias y ritos funerarios en Bedia», Anuario de Eusko-Folklore, 3 (1923), pp. 13-22.
Kardaberatz agurgarriya ta euzkera, Vitoria-Gasteiz: Seminario Conciliar, 1923 [manuscrito conservado en Eusko Ikaskuntza, Fondo Lekuona, caja 45, doc. 1-27].
Odisea del clero vasco exiliado. Apasionante relato de un sacerdote vasco desde 1937 a 1974, Bilbao: [T. de Ispizua], 1986.
Bibliografia
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ÁLVAREZ GILA, O., La contribución europea a la Iglesia en el Río de la Plata. La presencia religiosa vasca (1835-1965), Vitoria-Gasteiz: Tesis doctoral inédita,1997.
ASTIGARRAGA, A. de, Abertzales en la Argentina, Bilbao: Alderdi, 1984, pp. 51 y 122-123.
BOTTI, A., «La Iglesia vasca dividida. Cuestión religiosa y nacionalismo a la luz de la nueva documentación vaticana», Historia Contemporánea, 35 (2007), pp. 451-489.
ISPIZUA, T., Odisea del clero vasco exiliado. Apasionante relato de un sacerdote vasco desde 1937 a 1974, Bilbao: [T. de Ispizua], 1986.
MARTÍNEZ SÁNCHEZ, S., «Mons. Antoniutti y el clero nacionalista vasco (julio-octubre de 1937)», Sancho el Sabio, 27 (2007), pp. 9-79.





