Karguak eta lanbideak
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Política comunista y feminista.
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Dolores Ibárruri nació en Gallarta, hija de Juliana, una mujer de fuertes convicciones religiosas que como tantas otras cuidaba de la familia al tiempo que realizaba trabajos precarios para asegurar la sostenibilidad del hogar; y de Antonio «el Artillero», un euskaldún alistado en su juventud en el ejército carlista (1872-1876) que trabajó en las minas de hierro. Dolores fue la octava de los once hijos de la familia.
Tuvo una educación católica y pudo asistir a la escuela en Gallarta hasta los quince años, pero las penalidades y la pobreza frustraron su deseo de llegar a ser maestra. Ya adolescente aprendió costura y trabajó como sirvienta en casas de La Arboleda y de Gallarta, tal como narra en su autobiografía El único camino. Contrajo matrimonio con el minero socialista Julián Ruiz en 1916 de la mano del cual se inició en las ideas del socialismo. En Muskiz inició una vida marcada por la miseria y la represión política, al tiempo que iniciaba sus primeras lecturas políticas en la biblioteca de la Casa del Pueblo. Dolores Ibárruri rompió los cánones que encerraban a las mujeres en el hogar y acabó siendo un icono del movimiento obrero revolucionario, de la lucha antifascista y del feminismo socialista. Para Dolores Ibárruri, ser mujer, madre, ciudadana y comunista eran dimensiones en una constante interacción desde la que se fragua una conciencia de clase y de género totalmente inseparables. Así, entró en un espacio, el de la política, profundamente masculino, en el que tuvo que vivir las contradicciones propias de su condición de mujer hasta el final de sus días.
En 1917, cuando los ecos de la revolución rusa llegaron a las minas de hierro, ingresó en el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y perteneció a la agrupación socialista de Somorrostro hasta 1921, en que, tras la adhesión de esa agrupación a la Internacional Comunista un año antes, pasó a militar en el Partido Comunista de España (PCE) formando parte de su proceso de gestación, siendo elegida años más tarde, en 1942, secretaria general del mismo.
Activista y propagandista, en la Semana Santa de 1918 firmó en El Minero Vizcaíno, órgano del Sindicato Minero de Vizcaya de la UGT, el primer artículo con el seudónimo de «Pasionaria». El artículo se titulaba «La hipocresía religiosa» y era una dura crítica a la Iglesia católica que no había tomado partido por los trabajadores. No era habitual que una esposa de minero publicara artículos de prensa en los que se planteara terminar con la explotación capitalista de la clase obrera. A partir de ese momento, iniciaría una amplia colaboración en periódicos como La lucha de clases, La Bandera Roja y La Antorcha, periódicos del Partido Comunista de España, de cuyo Comité Central entraría a formar parte en 1928. Se trasladó a Madrid, para trabajar como redactora de Mundo Obrero en septiembre de 1931, viajó por primera vez a Moscú en 1933 y formó parte del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista desde 1935 hasta su disolución en 1943.
Dolores conoció en su juventud la precariedad y el dolor de un hogar minero, tuvo que desarrollar diversas estrategias de supervivencia (cultivar una huerta, criar gallinas y algún cerdo, coser ropa para los vecinos), vivió la gran huelga de 1917 y la represión posterior y perdió cuatro hijas a lo largo de los años veinte (Esther, Amagoya, Azucena y Eva). Esta maternidad trágica acabó siendo una constante de su acción política. Su figura severa, vestida de luto y la pasión de sus discursos, donde se unían el dolor y la esperanza, encarnaban el sufrimiento y las aspiraciones de los sectores populares.
La proclamación de la Segunda República abrió nuevas posibilidades y espacios para las mujeres. Candidata comunista en las listas del Frente Popular por la circunscripción de Oviedo, resultó elegida diputada en las elecciones generales el 16 de febrero de 1936. Fue una de las seis mujeres que integraron esas nuevas Cortes. En ese periodo fue permanente su reivindicación del papel de las mujeres en la acción política y su organización en defensa de sus derechos. No bastaba el derecho al voto, sino también era necesario el derecho a trabajar, a la igualdad salarial, al divorcio sin trabas jurídicas, al aborto, a la creación de casas cuna y de jardines de infancia, demandas todas ellas que protegían a la infancia y liberaban a las mujeres de cargas domésticas y de cuidados.
Llevada por su compromiso feminista, en 1933 organizó la Comisión Femenina del PCE y del periódico ¡Compañera! Órgano de las mujeres trabajadoras de la ciudad y del campo. En abril de 1933 escribió: «Nuestra principal tarea es darle una conciencia política (a las mujeres) que le permita conocer a sus enemigos y que le capacite para ejercer sus derechos […]. Ocurre, que son nuestros propios camaradas los que se oponen a que la mujer intervenga en la vida política y social […]. Tenemos que empezar por conquistar nuestros hogares arrojando al enemigo que tenemos dentro» (Mundo Obrero, 16 de abril de 1933).
En 1934 se crearon los Comités de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, punto de partida para la creación de la Agrupación de Mujeres Antifascistas. Dolores fue su inspiradora y dirigente activa y encabezó la delegación española al Congreso Mundial que se celebró en París para agrupar a mujeres de todas las tendencias políticas en pro de la paz, la democracia y la lucha contra el fascismo. Ese mismo año, cuando la represión en España alcanzó a los Comités de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, se formó la Organización Pro Infancia Obrera, que aglutinó a mujeres organizadas en torno a una actividad asistencial y política a los detenidos en colaboración con partidos, sindicatos y el Socorro Rojo internacional. Fue miembro y dirigente de esta organización. Su activismo político le llevó a ser detenida en repetidas ocasiones y condenada en la cárcel de Quiñones y Las Ventas, en Madrid, y en la de Larrinaga, en Bilbao.
En 1937, durante la II Conferencia Nacional de Mujeres Antifascistas que ella misma presidió, Dolores solicitó la incorporación de las mujeres a la producción de guerra y a todo tipo de industrias y trabajos. El 8 marzo de 1938 declaraba: «Queremos dejar de ser ciudadanas de categoría inferior, que se nos obligue a cumplir con todos los deberes de la guerra […]; se nos den los mismos derechos que tienen los hombres en estos momentos […]. Queremos una España libre donde la mujer no sea más la esclava del hombre, en donde las mujeres tengan plenitud de derechos en su condición de ciudadanas de la República Española».
Durante la Guerra Civil, Dolores Ibárruri se erigió en un símbolo universal de la resistencia antifascista, defendiendo la República y la unidad del Frente Popular. Ante el Pacto de no Intervención defendió que la guerra de España era una guerra por la defensa de la libertad de Europa. Su capacidad de conmover, de denunciar la barbarie del fascismo y la defensa de un patriotismo de raíz popular la transformaron en un icono. Su consigna ¡No pasarán! constituye un símbolo de resistencia al fascismo en toda Europa.
Derrotada la República, en abril de 1939 Dolores Ibárruri partió al exilio, primero en París y después en la URSS, desde donde continuó su lucha contra el fascismo. Durante la Segunda Guerra Mundial se dirigió repetidamente al mundo a través de Radio España Independiente (La Pirenaica) y de otras emisoras soviéticas. De nuevo, hacía un llamamiento a las mujeres y a las madres del mundo para parar el nazismo y la guerra en la que perdió a su hijo Rubén, combatiente en la defensa de Stalingrado. De los seis hijos de esta histórica comunista solo quedaba Amaya, cuya vida estuvo estrechamente vinculada a la de su madre.
Desde 1945 fue vicepresidenta de la Federación Democrática Internacional de Mujeres. Para ella, ser comunista no significaba «solamente defender en primer lugar los intereses de la clase obrera y de los campesinos. Significa defender los derechos y los intereses de todos los trabajadores, de todas las víctimas de la opresión capitalista; significa luchar por los derechos y la igualdad social de la mujer y contra las trabas feudales y prejuicios peligrosos que han hecho de la mujer a través de los siglos no solo la esclava de la sociedad sino la esclava del egoísmo de los hombres» (Consejo de la Unión de Mujeres Antifascistas Españolas, París, junio de 1947).
En 1956 apoyó la política de reconciliación nacional para superar la guerra, lo que significaba la búsqueda del entendimiento con otras fuerzas políticas y la defensa de la vía democrática al socialismo. Ese año fue elegida presidenta del PCE mientras Santiago Carrillo asumió el cargo de secretario general. La nueva estrategia le llevó a rechazar la invasión soviética de Checoslovaquia en 1968 y, a pesar de su estrecha relación personal con los dirigentes soviéticos, inició el distanciamiento con el PCUS, en consonancia con la vía democrática al socialismo.
Desde la emisora La Pirenaica, sus palabras y su apoyo a la lucha contra el franquismo llegaban a España. De manera destacada, con las huelgas obreras del 62, contra los consejos de guerra o con ocasión del juicio de Burgos en 1970 contra los encausados vascos que luchaban por la libertad de Euskadi y de España.
Sus palabras de 1975 en Roma, junto a Enrico Berlinguer, fueron un canto a la libertad y a la democracia: «Y no habrá fuerza humana que pueda impedir el restablecimiento de la democracia en nuestra España multinacional y multirregional, como etapa necesaria, en el caminar hacia el futuro socialista, en el que soñaron y por el que lucharon nuestros mejores hombres y mujeres, nuestros camaradas más heroicos y combativos. Con toda la fuerza de mis convicciones comunistas, llamo a la reconciliación nacional que ponga fin al estado de excepción y de división que la guerra y la dictadura franquista impuso a nuestro país».
Dolores Ibárruri volvió a España el 13 de mayo de 1977 con ochenta y un años, tras la legalización del PCE y un mes antes de las elecciones a Cortes Constituyentes del 15 de junio, donde volvió a ser elegida diputada por Asturias. El 13 de julio, junto a Rafael Alberti, ocupó la vicepresidencia de edad de la mesa de la sesión constitutiva del Congreso de los Diputados. El 22 de mayo de ese año dio un mitin en Gallarta ante cerca de 50.000 personas según Mundo Obrero: «Hace más de cuarenta años que me alejé de Euskadi. Pero ni un solo momento de mi vida, ni en los dolores, ni en las alegrías, el nombre de Euskadi estaba lejos de nosotros, sino profundamente arraigado en nuestro corazón. Y por Euskadi luchamos en el gran país soviético».
Dolores fue parlamentaria durante año y medio, hasta la convocatoria de las elecciones generales del 6 de diciembre de 1979, pero su actividad política continuó. Formó parte de la Asamblea de Mujeres para la Salida de España de la OTAN con motivo del referéndum celebrado el 12 marzo de 1986. Respaldó la constitución de la coalición electoral Izquierda Unida y la unidad de los comunistas. También apoyó la perestroika dirigida por Gorbachov como un nuevo camino hacia la democracia socialista.
Dolores Ibárruri falleció en Madrid el 12 de noviembre de 1989 a la edad de noventa y cuatro años.
Obrak
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Escritos y discursos. Buenos Aires: Anteo, 1955.
En la lucha. Palabras y hechos 1936-1939, Moscú: Progreso, 1968.
El único camino [s. l.]: Ebro, 1975. Reed. Madrid: Castalia-Instituto de la Mujer, 1992.
Memorias de Pasionaria 1939-1977. Me faltaba España, Barcelona: Planeta, 1984.
Bibliografia
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AMORÓS QUILES, M., ¡No pasarán! Biografía de Dolores Ibárruri, Pasionaria, Madrid: Akal, 2021.
BARANDIARÁN, A., Dolores Ibárruri, San Sebastián: Elkarlanean, 1998.
CAPELLÍN CORRADA, M.ª J., De la casa al compromiso político Dolores Ibárruri, mito del pueblo. 1916-1939, Madrid: Fundación Dolores Ibárruri, 1996.
DÍAZ ALONSO, D., Pasionaria, la vida inesperada de Dolores Ibárruri, Gijón: Hoja de Lata, 2021.
LLONA GONZÁLEZ, M., «La imagen viril de pasionaria. Los significados simbólicos de Dolores Ibárruri en la II República y la Guerra Civil», Historia y Política, 36 (2016), pp. 263-287.
GARCÍA NIETO, M.ª C., «Hija de una época y de una clase, mujer con las mujeres. Dolores Ibárruri», Arenal. Revista de Historia de las Mujeres, 2 (1996), pp. 259-277.





