Karguak eta lanbideak
Testua gaztelaniaz
Primer lehendakari del Gobierno Vasco.
Ibilbidea
Testua gaztelaniaz
Fue, sin duda, el político vasco más importante del siglo XX. Nació en el seno de una familia católica, nacionalista y acomodada, dueña de un negocio chocolatero. Su padre se llamaba Teodoro y era natural de Bergara; su madre, Bernardina, de Mutriku. Estudió como interno en el colegio jesuita de Orduña y Derecho en la Universidad de Deusto. Concilió sus estudios con la afición por el deporte, llegando a jugar en el Athletic Club. Finalizada la etapa universitaria, y una vez realizado el servicio militar, compaginó su trabajo en su bufete de abogados con su participación en el Consejo de Administración de la empresa Chocolates Bilbaínos, S. A., Chobil.
Un elemento muy presente en su juventud fue su religiosidad, un profundo catolicismo que mantuvo siempre. Agirre fue miembro de los Luises (congregaciones marianas masculinas inspiradas en la Compañía de Jesús) de Bilbao y presidió la Unión Provincial de Juventudes Católicas de Bizkaia. En esta etapa también afloró su liderazgo y su pasión por la política. Durante los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera fue adquiriendo cada vez mayor importancia en la comunidad nacionalista. Fue vocal de la directiva de Juventud Vasca aberriana y, durante el año 1930, participó activamente tanto en la acción cultural como en el proceso de reunificación de los dos partidos en los que estaba dividido el nacionalismo vasco: el PNV y CNV. Pronto se convirtió en uno de sus oradores «estrella».
Tras las elecciones municipales de abril de 1931, se proclamó la República. En estos comicios la candidatura nacionalista vasca que encabezaba Agirre logró una holgada mayoría, y ello hizo posible que fuera proclamado alcalde de Getxo. La alcaldía supuso su definitivo salto a la política. Durante los años siguientes se convirtió en el principal promotor del Estatuto y líder de la autonomía vasca, a través del movimiento municipalista y como diputado nacionalista por Navarra. Consagró los años de la República a conseguir la autonomía para Euskadi y su liderazgo se consolidó al compás del proceso estatutario. Tras varios proyectos fallidos, en noviembre de 1933 el Estatuto vasco fue aprobado por la mayoría del electorado vasco. Agirre lo defendió en las Cortes con ahínco.
Asimismo, durante los años de la República se materializó la ruptura definitiva del nacionalismo vasco con la derecha. Influida por las encíclicas Rerum novarum (1891) de León XIII y Quadragesimo anno (1931) de Pío XI, una nueva generación de jóvenes nacionalistas se acercó a las doctrinas socialcristianas de la Iglesia. Agirre fue el líder de esa generación que, de hecho, se ha denominado la generación de Aguirre o de 1936, y que guió al partido desde el integrismo católico, imperante en 1931, hacia el reformismo social y la democracia cristiana. Sus propuestas en el Congreso sobre el salario familiar y la participación de los obreros en los beneficios empresariales son claro ejemplo de ello. La ruptura con las derechas y la ausencia de las izquierdas en las Cortes, tras el proceso revolucionario de octubre de 1934, provocaron el aislamiento político del PNV. Para contrarrestar la campaña de las derechas contra el nacionalismo vasco, Agirre redactó Entre la libertad y la revolución 1930-1935. La verdad de un lustro en el País Vasco, unas memorias de la etapa republicana en las cuales subrayaba el centrismo político de su partido.
En septiembre de 1935 Agirre giró su primer viaje político al extranjero. Junto con Juan Antonio Irazusta, viajó a Ginebra para asistir como observador a algunas de las sesiones de la Sociedad de Naciones sobre el conflicto ítalo-etíope y participar en el XI Congreso de Nacionalidades Europeas. En enero de 1936 formó parte de la delegación del PNV que viajó a Roma para entregar un memorándum al papa Pío XI y explicar las razones de concurrir separados de las derechas a las elecciones convocadas para febrero. Los representantes vascos no lograron entrevistarse con el Santo Padre ni con su secretario de Estado. Manuel Irujo y Javier Landaburu admitieron su decepción, pero Agirre quiso matizar el fracaso.
La campaña electoral del PNV giró en torno al grito lanzado por Agirre en el gran mitin celebrado en Bilbao el 12 de enero: «¡Por la civilización cristiana! ¡Por la libertad de la Patria! ¡Por la justicia social!». El triunfo del Frente Popular abrió el camino al objetivo ansiado por Agirre desde hacía tiempo: la consecución del Estatuto. El proyecto fue entregado en las Cortes el 15 de abril. Se constituyó una Comisión de Estatutos, de la cual él formó parte. Todo parecía indicar que el texto sería aprobado tras el verano. No obstante, en el camino sobrevendría un gran escollo: el estallido de la Guerra Civil.
Tras horas deliberando, el PNV tomó finalmente una decisión que marcaría su devenir: apoyar al bando republicano. A comienzos de septiembre, el nuevo Gobierno español presidido por el socialista Francisco Largo Caballero trató de incorporar a Agirre al ejecutivo como ministro de Obras Públicas. Él y otros nacionalistas se trasladaron a Madrid para negociar. La buena relación entre Agirre y el líder socialista Indalecio Prieto favoreció un acuerdo de mínimos. Irujo se convirtió en ministro sin cartera y el 1 de octubre de 1936 las Cortes de la República aprobaron el Estatuto de autonomía. El día 7, en un emotivo y simbólico acto celebrado en la Casa de Juntas de Gernika, José Antonio Agirre era proclamado, con tan solo treinta y dos años, «presidente del Gobierno Provisional del País Vasco», un gobierno plural, aunque de mayoría nacionalista. Las relaciones del lehendakari con todos sus compañeros de gabinete fueron muy cordiales, hasta tal punto que algunos de los consejeros fueron expulsados de sus propios partidos por aguirristas.
En los siguientes meses, pese a contar con un territorio mínimo, el gobierno presidido por Agirre llevó a cabo una actividad incansable, tanto desde el punto de vista normativo como práctico. Él, además de la Presidencia, asumió la cartera de Defensa. Puso un empeño especial en la normalización de la situación en retaguardia y en mostrar una imagen de calma religiosa. Su primer discurso de Gabon de diciembre de 1936 negaba que el conflicto bélico fuera una cruzada, lo que provocó la respuesta del cardenal primado de España Isidro Gomá, que a su vez fue contestada por el lehendakari (utilizando el seudónimo Dr. Azpilikoeta). La principal mancha de su gobierno en los nueve meses en los que estuvo en Bilbao fue el asalto a las cárceles efectuado por grupos de civiles y milicianos el 4 de enero de 1937. Agirre reconoció su responsabilidad y la de su ejecutivo. El 31 de marzo las fuerzas franquistas iniciaron la ofensiva sobre Bizkaia. Los bombardeos se sucedían. Ante la acusación de Franco de que habían sido los nacionalistas vascos los causantes de la destrucción de Gernika-Lumo, el lehendakari respondió responsabilizando del bombardeo a la aviación alemana al servicio de los facciosos e interpretó este ataque como una agresión directa a la identidad nacional de los vascos.
El 5 de mayo asumió personalmente el mando del ejército vasco, lo cual no fue del agrado de los militares y políticos republicanos, y provocó dificultades de coordinación y entendimiento. Otro grave problema al que tuvo que hacer frente fue la escasez de armas y municiones. Mientras, seguía habiendo contactos entre nacionalistas y sublevados a través de mediadores. Él, empero, mantuvo su firme apuesta por la República y fue remiso a las negociaciones. Incluso las habidas con los italianos fueron llevadas a cabo por la dirección del PNV, eximiendo así al lehendakari de cualquier responsabilidad.
El 19 de junio las tropas franquistas entraban en Bilbao. El día 30 Agirre se dispuso a abandonar el territorio vasco. En Turtzioz hizo público un manifiesto en el que defendía la actuación humanitaria del Gobierno Vasco y protestaba contra la represión franquista y la intervención extranjera en la guerra. Desde finales de junio se estableció en Santander. Durante el verano aún contó con fuerzas armadas, y su principal preocupación fue sacar de Cantabria a los combatientes vascos heridos. Ideó un plan para trasladar tropas vascas a Cataluña a través de Francia, plan que no fue admitido por las autoridades republicanas. Finalmente, el 24 de agosto salió rumbo a Biarritz, donde se reunió con su esposa María Zabala y su hija Aintzane. A partir de ese momento, la cuestión militar pasó a un segundo plano. En octubre, el ejecutivo vasco se estableció oficialmente en Barcelona; Agirre llegó en noviembre, aunque en el año y medio siguiente residió más en París que en la capital catalana.
El lehendakari buscó aliados a nivel internacional para ganar la guerra y, cuando se vio que era imposible, al menos para llegar a una mediación entre los bandos. Se movió con cierta fluidez en el campo de las relaciones internacionales, sobre todo en Francia, gracias principalmente a la Ligue Internationale des Amis des Basques (LIAB), organismo creado a finales de 1938. Cuando, tras la conquista de Barcelona, en enero de 1939, comenzó la evacuación del Gobierno Vasco, Agirre se trasladó a Cataluña para estar con los suyos. El 5 de febrero él y Lluís Companys, presidente de la Generalitat, cruzaron juntos la frontera.
Los primeros seis años de exilio fueron muy agitados para Agirre, tanto en el plano político como en el personal. Los meses iniciales de dicho exilio marcan el periodo de su biografía en el que, al igual que su partido, se encontró más próximo a un nacionalismo radical y ortodoxo, que pretendía exigir compromiso nacional vasco a los partidos que conformaban el ejecutivo vasco. Sin embargo, finalmente, para evitar la desaparición del Gobierno, el lehendakari rebajó las exigencias —eliminando de su programa la referencia a la independencia— y buscó el consenso.
Cuando en septiembre de 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial, Agirre se posicionó claramente en contra de la agresión nazi. En mayo de 1940 comenzó la invasión alemana de Bélgica, país en el que se hallaba visitando a su familia. Dado el grave peligro en el que se encontraba, sus compañeros parisinos se movilizaron para intentar rescatarlo, pero no fue posible su vuelta a la capital francesa por las dificultades para embarcar y porque los alemanes seguían avanzando. En los bombardeos de aquellos días Agirre perdió a su hermana Encarna. La situación era dramática. El lehendakari tenía que tomar una decisión y resolvió arriesgarse introduciéndose en la boca del lobo; o sea, viajando a la propia Berlín, a través de Bruselas y Amberes. En esta última ciudad entró en contacto con el cónsul panameño Germán Gil Guardia Jaén, quien le procuró un pasaporte falso con el nombre de José Andrés Álvarez Lastra —haciendo coincidir las iniciales con las de su nombre real—, ciudadano panameño, doctor en Leyes y propietario de fincas. En Bélgica permaneció seis meses, en los que mantuvo el contacto con algunos hombres del Gobierno y del partido como Javier Landaburu o Doroteo Ziaurritz. Pero el peligro era cada vez mayor y, finalmente, superando todos los controles, consiguió el permiso para trasladarse a Alemania, y, tras pasar la Navidad con su familia en Lovaina, en enero de 1941 viajó a Colonia y de allí a Hamburgo. Después de varios viajes, se instaló definitivamente en Berlín, donde llevó una vida de penuria y clandestinidad, esperando que las gestiones para conseguir un visado prosperaran.
Mientras tanto, Manuel Ynchausti, un acaudalado nacionalista vasco-filipino con nacionalidad estadounidense, movía hilos en Nueva York y en Washington y finalmente consiguió que Agirre pudiera reunirse en Berlín con su mujer y sus hijos Aintzane y Joseba, y, provistos de pasaportes venezolanos, dirigirse a Gotemburgo para desde allí viajar en barco a Brasil, país al que llegaron a finales de agosto de 1941. Después de viajar por Uruguay y Argentina y recuperada su identidad original, la familia Agirre se instaló en un pequeño pueblo cercano a Nueva York llamado White Plains —allí nacería Iñaki dos años más tarde—. Su entrada al país se hizo de forma discreta, porque el Departamento de Estado norteamericano no quería dar motivos de enfado a la dictadura española para evitar su entrada en la guerra. Desde White Plains el lehendakari se trasladaba al apartamento de la Quinta Avenida, donde estaba instalada la Delegación del Gobierno Vasco. Ynchausti consiguió también que Agirre pudiera impartir clases como profesor de Historia en la Universidad de Columbia, aunque dichas clases fueran sufragadas por el propio Ynchausti. Agirre no llegó a enterarse de esta circunstancia. Desde la plataforma que la Universidad le proporcionaba, pudo relacionarse con la élite cultural, eclesiástica y económica norteamericana y acceder a personalidades políticas. Entre el círculo de católicos antifascistas con los que se relacionó cabe destacar al sacerdote Luigi Sturzo, fundador del Partido Popular italiano, del que en 1942 surgió la Democracia Cristiana, o al humanista francés Jacques Maritain. Sin embargo, no consiguió acceder al presidente Roosevelt, cuyos hombres recomendaron el archivo de la documentación generada por Agirre. Con quien sí mantuvo contactos fue con el vicepresidente Henry A. Wallace y con el magnate Nelson Rockefeller. Fueron las vías a través de las cuales se cerró el acuerdo por el que los vascos llevaron a cabo labores de información y propaganda pro-aliada en Latinoamérica, a cambio de relaciones políticas preferenciales y subvenciones económicas. Una de las primeras consecuencias de este acuerdo fue la gran gira que Agirre realizó entre agosto y octubre de 1942 por un total de diez países latinoamericanos.
Tras calmar el conflicto interno que había surgido a raíz de la creación por Manuel Irujo del Consejo Nacional de Euzkadi (CNE) en Londres, Aguirre se volcó en recuperar la cohesión inicial del ejecutivo, abandonando la vía más radical. El 31 de marzo de 1945 todas las fuerzas políticas y sindicales vascas firmaron el Pacto de Bayona, en el que se reconocía al Gobierno Vasco como representante legítimo del pueblo vasco.
En febrero de 1946 él y su gobierno volvían a establecerse en París. En esos primeros años tras el final de la Segunda Guerra Mundial la actividad de Agirre fue frenética. Participó en tres grandes proyectos. En primer lugar, se implicó personalmente en la política española para conseguir la unión del exilio español y presentar a las cancillerías una alternativa gubernamental sólida al régimen de Franco. En segundo lugar, apoyó el plan de Prieto de promocionar una alianza entre los socialistas y los monárquicos antifranquistas del pretendiente Don Juan. Y, en tercer lugar, participó activamente en organismos que abogaban por la creación de una Europa unida. Agirre y sus más estrechos colaboradores se multiplicaban para viajar y estar presentes en todas las citas europeístas. El lehendakari, gracias sobre todo a las relaciones que en los años previos había entablado con líderes de la Democracia Cristiana, tuvo acceso a los despachos de políticos de la talla de Georges Bidault o Robert Schuman. Pero todas sus esperanzas se frustraron con el inicio de la Guerra Fría. En el sistema bipolar que se configuró entonces, la dictadura española comenzó a rehabilitarse internacionalmente y las democracias occidentales volvieron la espalda a los vascos. Aun así, Agirre nunca dejó de tocar todas las puertas posibles para restaurar la democracia.
La década de los cincuenta fue una década dura para él. Los golpes llegaron uno tras otro. Uno de estos reveses hizo especial mella en el lehendakari: la expulsión del gobierno de la sede de la Avenue Marceau parisina en 1951. Para revertir la situación, en el otoño de 1956 organizaron el Congreso Mundial Vasco. A pesar de que fue un éxito propagandístico, en esa cita comenzaron a oírse las primeras voces críticas contra el gobierno y la labor del lehendakari. También se hizo pública la dimisión como consejero de Telesforo Monzón, íntimo amigo de Agirre. En 1959 surgió ETA. En aras a mantener la unidad del nacionalismo vasco, el lehendakari intentó mediar entre los jóvenes críticos y la dirección del PNV, lo que provocó el enfado de algunos líderes del partido.
Agirre falleció sin poder evitar la fractura. Su corazón se paró el 22 de marzo de 1960. Sus funerales se celebraron en la parisina iglesia de Saint Pierre-du-Gros-Cailou y posteriormente en la parroquia de San Juan Bautista de San Juan de Luz, localidad en la que fue enterrado. Su muerte provocó un gran impacto entre los demócratas del exilio y del interior, y el colectivo nacionalista experimentó un fuerte sentimiento de orfandad.
El primer lehendakari fue un hombre de férreos principios. Sabino Arana fue la fuente de la que bebió su nacionalismo. El lema del fundador, Jaungoikoa eta Lege Zaharra, fue el mainstream de su trayectoria política. No obstante, en el plano religioso, la lectura de pensadores católicos como Maritain, Sturzo, Emmanuel Mounier o François Mauriac, y las mencionadas encíclicas Rerum novarum y Quadragesimo anno lo acercaron primero a las doctrinas social-cristianas y más tarde a la Democracia Cristiana. Aguirre era un humanista cristiano, con una enorme fe en el ser humano. Los principios derivados de esos planteamientos humanistas no los abandonó nunca. En el ámbito político, también mantuvo inalterables sus convicciones ideológicas, aunque fue flexible en sus planteamientos estratégicos. Concebía la historia de Euskadi como la historia de un pueblo con un pasado en libertad, un presente de sometimiento y un futuro de recuperación de la libertad perdida. Pero, aunque el objetivo final fuese recuperar esa libertad, al margen de los primeros años de exilio, en los que defendió la ruptura total con España, sus planteamientos fueron posibilistas, en el sentido de que, si bien el fin último era la independencia de Euskadi a través de la aplicación del derecho de autodeterminación, supo hacer una lectura pragmática del contexto de cada momento y adaptarse, aprovechando siempre las oportunidades que las circunstancias le permitían.
Así, en la medida que profundizaba en las relaciones a nivel internacional, adoptó un concepto de soberanía más flexible. Intuyó que la idea de independencia absoluta era una idea del pasado y que, con vistas a futuro, era más conveniente apostar por la cooperación o la confederación de sistemas políticos con distintos grados de soberanía. Esta intuición se convirtió en convicción cuando se inició el proceso de construcción europea. Ya en 1943, estando en Nueva York, había escrito un artículo titulado «Coordinación de nacionalidades europeas», que posteriormente fue reelaborado y publicado en 1945 y 1949 con otros títulos. En este ensayo, partiendo del derecho de autodeterminación y el principio de autogobierno, defendía que la Europa de la posguerra podía ser la solución para las nacionalidades sin Estado. En la versión de 1949 la alusión a la autodeterminación desapareció, posiblemente para facilitar el acuerdo de diferentes en un momento en el que buscaba la cohesión del gobierno. En cualquier caso, el federalismo sería la solución, tanto en el plano ibérico como en el europeo; una Europa federal sería la salvaguarda para las naciones como Euskadi. Este planteamiento de encaje de Euskadi en Europa —posteriormente denominado doctrina Aguirre— ha llegado hasta nuestros días.
Sin duda, Agirre fue un político pragmático, cuyo valor radicó principalmente en su capacidad de lograr consensos entre diferentes, de limar asperezas y sumar voluntades. Su vida fue una lucha constante por la democracia, por la libertad y el autogobierno vascos, y por la aplicación de la justicia social y de los valores del humanismo cristiano. Para buena parte de la sociedad vasca, Agirre fue mucho más que un político extraordinario. El primer lehendakari de los vascos se convirtió en un símbolo, y no solo para el nacionalismo vasco moderado. Tras la muerte de Franco, su simbolismo siguió siendo compartido por diferentes opciones políticas, aunque con distintos significados. Su estilo de hacer política sigue siendo un referente en el siglo XXI.
Obrak
Testua gaztelaniaz
Entre la libertad y la revolución 1930-1935. La verdad de un lustro en el País Vasco, Bilbao: Verdes Achirica, 1935. Reed. Bilbao: Geu, 1976.
Discurso pronunciado por el Excelentísimo Señor Presidente del Gobierno de Euzkadi D. José Antonio de Aguirre ante el micrófono de Radio Euzkadi, el día 22 de diciembre de 1936, Bilbao: Gobierno de Euzkadi/Editorial Vasca [1937].
De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, Buenos Aires: Ekin, 1943. Reed. San Juan de Luz: Axular, 1976; Madrid: Foca, 2004.
Cinco conferencias pronunciadas en un viaje por América (1936-1956), Buenos Aires: Ekin, 1944.
El informe del presidente Aguirre al Gobierno de la República sobre los hechos que determinaron el derrumbamiento del frente del norte (1937), Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1978 [1.ª ed., 1977].
Veinte años de gestión del Gobierno Vasco (1936-1956), Durango: Leopoldo Zugaza, 1978.
Obras completas, San Sebastián: Sendoa, 1981, 2 vols.
Diario 1941-1942, Bilbao: Fundación Sabino Arana, 2010.
Bibliografia
Testua gaztelaniaz
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GOIOGANA, I.; IRUJO, X., y LEJARRETA, J., Un nuevo 31. Ideología y estrategia del Gobierno de Euzkadi durante la Segunda Guerra Mundial a través de la correspondencia de José Antonio Aguirre y Manuel Irujo, Bilbao: Sabino Arana Fundazioa, 2007.
DE LA GRANJA, J. L., y SALA, L., Vidas cruzadas. Prieto y Aguirre. Los padres fundadores de Euskadi, Madrid: Biblioteca Nueva, 2017.
MEES, L., El profeta pragmático. Aguirre, el primer lehendakari (1939-1960), Zarautz: Alberdania, 2006.
MEES, L.; DE LA GRANJA, J. L.; DE PABLO, S., y RODRÍGUEZ RANZ, J. A., La política como pasión. El lehendakari José Antonio Aguirre (1904-1960), Madrid: Tecnos, 2014.
NIEBEL, I., A la caza del primer Lehendakari. Franco, Hitler y la persecución del primer presidente vasco, Barcelona: Penguin Random House, 2022.





