Ibilbidea
Testua gaztelaniaz
El cuarto y último tomo de este Diccionario de historiadores, juristas y pensadores políticos de Vasconia abarca el periodo 1936-2022, es decir, desde el inicio de la guerra civil en Euskal Herria Sur hasta la actualidad. A los criterios habituales de selección e inclusión de autores se ha añadido uno que en anteriores tomos era innecesario: el de contar solamente con aquellos que estuviesen fallecidos, en concreto, a fecha 31 de diciembre del citado año 2022. Esta decisión implica una cierta inconsistencia selectiva por el hecho de dejar fuera a autores con méritos sobrados para ser incluidos, por el solo hecho de que —afortunadamente— siguen vivos. Por lo demás, se han seguido los criterios selectivos precedentes, fundamentalmente el de poseer obra publicada —referida a Vasconia— de carácter historiográfico, jurídico o de pensamiento político. Este criterio implica la no inclusión de destacadas personalidades vascas del ámbito de la historiografía, la jurisprudencia y el pensamiento político que no dedicaron publicación alguna a Vasconia. Así sucede, por ejemplo, con el eminente jurista bayonés René Cassin o el periodista vasco-peruano Francisco de Igartua.
Por otra parte, se ha decidido incluir un grupo de autores que no son estrictamente historiadores, pero que sí han aportado materiales historiográficos de tipo fontal, en ocasiones de gran importancia; me refiero a los autores de memorias referidas a hechos históricos, por lo común de tipo político o bélico. Son especialmente abundantes e interesantes en este periodo cronológico, singularmente los que rescatan del olvido sucesos relativos a la Guerra Civil de 1936-1939, pero también a los que recuerdan hechos del periodo franquista. En la mayor parte de los casos, amén de la narración estrictamente descriptiva incluyen también un interesante componente de análisis político. Algunas obras se limitan a relatar ciertos acontecimientos, otras, sin embargo, están hechas conforme a criterios historiográficos de investigación sobre fuentes —orales o documentales— y bibliografía. Las menos las escribieron los vencedores de aquella contienda, que realmente no tenían ninguna necesidad de referirse a aquellos acontecimientos, por tener todo el aparato de propaganda del régimen a su servicio. Así, por ejemplo, las Memorias de la Conspiración del requeté leitzarra Antonio de Lizarza o La persecución roja en el País Vasco del sacerdote vizcaíno José Echeandía. La mayor parte correspondieron a los derrotados que, por el contrario, sufrieron la censura y la prohibición, de tal forma que, o bien las editaron en el exilio, o bien tuvieron que esperar a la muerte del dictador para poder verlas impresas. Así, por ejemplo, Los culpables. Pamplona 1936, del anarquista Galo Vierge, las Memorias del igualmente cenetista Félix Padín, Los asaltos al monte Intxorta y La Historia crítica de la Guerra en Euskadi (19361937), del jeltzale Pablo Beldarrain, el Viaje por el País de los recuerdos y Recordando la guerra del socialista eibarrés Toribio Echevarría, etc. En Iparralde algunos autores escribieron sus memorias sobre sus experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, como Pierre Duny-Pétré en su Quelques Basques dans la tourmente, 19391945.
Dentro de estos «memorialistas» merece una consideración aparte la de los capellanes castrenses que tomaron parte en la Guerra Civil y que posteriormente publicaron sus memorias o diarios. Se explica que hubiera tantos capellanes castrenses de una y otra ideología (nacionalistas vascos y requetés) que publicaran sus memorias y redactaran sus diarios de guerra, porque eran de los más instruidos entre los combatientes. Así, hemos incluido las voces de capellanes nacionalistas vascos como José Antonio Loinaz, Aita Patxi, Enrique Arriaga o Saturnino Gantxegi y de los requetés Juan Urra Lusarreta o Policarpo Cía Navascués, entre otros.
Por otra parte, se han incluido voces de autores —como Violet Alford— que realizaron investigaciones esencialmente etnográficas, pero que utilizaron, para ello, una metodología etnohistórica de carácter interdisciplinar.
Hay, además, unos pocos autores que no escribieron textos políticos al uso: ensayos, discursos, manifiestos…, sino que expresaron su pensamiento por un medio más emocional pero indudablemente muy eficaz a la hora de la difusión de ideas: la canción de autor. De esta manera, hemos incluido a autores como Michel Labeguerie o Manex Pagola, cuyos cancioneros tuvieron una enorme difusión y algunos de cuyos temas —como Batasuna o Itziarren semea de Telesforo Monzón— pasaron a incorporarse al acervo músico-político popular e incluso a convertirse en auténticos himnos.
Un cambio en cuanto a la estructura mantenida en los tomos anteriores es el de las introducciones. En el primer tomo se optó por fragmentar la selección de autores en pequeñas unidades cronológico-territoriales («Autores y obras visigodos», «Autores y obras bizantinos», «Peregrinos y viajeros europeos», etc.) a las que precedía una breve introducción. Los tomos II y III contaron con sendas introducciones —bastante largas en algunos casos— de los bloques de los territorios históricos: Bizkaia, Gipuzkoa, Álava, Navarra, Vasconia Continental y Autores foráneos. En este IV tomo se ha optado por —amén de esta presentación— hacer una única introducción historiográfica al conjunto de los autores presentados, sin distinciones territoriales.
Hemos mantenido, sin embargo, los citados seis bloques territoriales para la presentación de los autores biografiados. Como en anteriores ocasiones, no siempre ha sido inmediata la ubicación territorial de alguno de ellos. Así, por ejemplo, autores que nacieron y vivieron toda su vida en América, como Pete Cenarrusa o Juan José Guaresti, que, desde luego, se sentían vizcaínos o guipuzcoanos, hemos optado por incluirlos en sus territorios de origen. Como en otras ocasiones, aquellos que, aun naciendo fuera de Vasconia, enraizaron luego en alguno de sus territorios y dedicaron su obra a temas vascos los hemos considerado como arraigados y pertenecientes a estos territorios, como, por ejemplo, Manuel Basas que habiendo nacido en Valladolid se afincó en Bizkaia y dedicó sus investigaciones históricas a este territorio y en especial a la villa de Bilbao. Otro tanto puede decirse, por ejemplo, de Ángel Rodríguez Herrero, nacido en Palencia, pero afincado en Bilbao o de Emilio Enciso Viana, nacido en Haro, pero hijo adoptivo de Laguardia/Guardia. Philippe Veyrin nació en Lyon, pero sus padres tenían una segunda residencia en San Juan de Luz y allí acabó radicándose. Sin embargo, no siempre ha sido fácil seguir este criterio, pues en algunos casos autores que nacieron en un territorio vasco, pero que luego se integraron plenamente en otro y, de alguna manera, se sentían identificados con ambos, presentaban dificultades para ser adscritos a uno u otro territorio. Por ejemplo, está el caso de José Berruezo, nacido y muerto en Navarra, pero que desarrolló toda su actividad en Gipuzkoa y que dedicó casi todas sus investigaciones a temas guipuzcoanos; finalmente decidimos incorporarlo al listado de autores de Navarra.
La cosecha ha sido abundante y aun así estamos persuadidos de que algún nombre importante se ha quedado injustamente olvidado. Así, se han recogido 75 voces de autores y autoras del territorio de Bizkaia, 106 de Gipuzkoa, 25 de Álava, 90 de Navarra, 51 del País Vasco Continental y 66 foráneas; en total 413 voces. Es de resaltar la escasa presencia femenina en este conjunto; tan solo 21 voces de mujeres, es decir alrededor del 5 % del total. Esta situación se agrava si consideramos solamente las autoras de los distintos territorios de Vasconia, es decir, prescindiendo de las foráneas, pues tan solo contaríamos entonces con 13 autoras de 346 voces totales, es decir, el 3,75 % del total. Es evidente que la incorporación de la mujer en Vasconia a la política, la judicatura y la investigación histórica es un fenómeno, parcial y tardío, tan solo de las últimas décadas del siglo XX y de los inicios del XXI, lo que impide su mayor presencia en este Diccionario. No obstante, este acceso de la mujer a la universidad y la investigación sí que se ha reflejado —en alguna medida— en el elenco de autores y autoras que han tomado parte en la redacción de las voces: aproximadamente una cuarta parte del total. También habría que recordar que la composición del Comité científico de la obra es paritaria. Sea como sea, han colaborado en la redacción de las voces de este tomo IV del diccionario 182 autores y autoras pertenecientes a 69 universidades, instituciones educativas o centros de investigación, de las cuales 26 son universidades.
Sobre la caracterización socio-profesional de estos autores y autoras conviene mencionar una característica importante que condiciona ideológicamente, en buena medida, su producción intelectual. Me refiero al hecho de que un porcentaje bastante elevado de ellos era eclesiástico; concretamente un 27,5 % de los autores y autoras incluidos en este tomo IV eran sacerdotes seculares, frailes franciscanos, jesuitas, capuchinos, pasionistas, monjes benedictinos... y alguna monja mercedaria. Si —para este periodo histórico— esto es así en el ámbito de la historiografía, la jurisprudencia y el pensamiento político, lo sería mucho más si nos refiriéramos al general de la cultura, especialmente al de la literatura. Por lo demás, si incluyéramos en este porcentaje aquellos que profesaron, pero con posterioridad se secularizaron y los que estudiaron en los seminarios, pero no llegaron a ordenarse, probablemente se doblaría dicho porcentaje.
Hay dos circunstancias que explican, en parte, el porqué de esta abundancia de clero vasco proveniente de medios populares que luego se dedica —además de a las labores propias de su profesión— a actividades de tipo intelectual, sobre todo referidas a temas vascos. Por una parte, la entrada en religión fue una salida profesional privilegiada para muchos niños y niñas de familias numerosas campesinas (y en menor medida de otras clases populares) que demostraban cierta agudeza intelectual. Así, era bien frecuente que, en familias campesinas con seis, siete u ocho hijos/as la mitad de ellos ingresaran en el clero diocesano o en alguna orden religiosa masculina o femenina. Un caso límite es el de la familia de Ignacio Omaechevarría: fueron siete hermanos y hermanas, de los cuales tres varones fueron frailes franciscanos, otro sacerdote diocesano y dos chicas profesaron como monjas clarisas. Por otra parte, es bien sabida la debilidad de las infraestructuras universitarias que Vasconia ha padecido a lo largo de los siglos y hasta épocas bien recientes. Por añadidura las primeras universidades que se fundaron lo fueron dependiendo de la Iglesia. En 1886 se creó la Universidad de Deusto en Bizkaia, regentada por la Compañía de Jesús. En 1952 nace la Universidad de Navarra (llamada entonces Estudio General), vinculada a la prelatura del Opus Dei. Hay que esperar a 1968 para que se funde la Universidad de Bilbao, la primera con carácter público y laico y embrión de la futura Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea, nacida en 1980. La Université de Pau et des Pays de l’Adour (creada en 1970) ubicó alguna de sus actividades a partir de 1975 en su sede de Bayona-Anglet. En 1987 se fundó la Universidad Pública de Navarra y en 1997 se creó la Mondragon Unibertsitatea. Por todo ello, los jóvenes que se formaron universitariamente antes de la década de 1980, o bien tuvieron que acudir a universidades foráneas (Valladolid, Salamanca, Zaragoza, Madrid, Burdeos y París, sobre todo) o bien lo hicieron en instituciones de carácter eclesiástico, o bien, por fin, tuvieron que renunciar a una formación de tipo superior.
Todo esto hace que la Iglesia católica haya tenido una influencia ideológica decisiva en la formación de una muy buena parte de la intelectualidad vasca y que esto haya condicionado en alguna manera tanto las temáticas elegidas, como las metodologías empleadas y los resultados obtenidos en las investigaciones.
Por lo que toca al siempre complejo asunto de la toponimia y antroponimia hemos mantenido, a grandes rasgos, los criterios utilizados en tomos precedentes. Por lo común, hemos usado, para nombres y apellidos, los utilizados por los autores para sus publicaciones, en la idea de que esta es la forma con la que han sido conocidos. Pero ¿qué hacer con aquellos que utilizaron dos o más formas de firmar sus escritos? Hemos dado prioridad a la forma que ha quedado canónicamente admitida para la posteridad. Así, por ejemplo, ¿Luis Michelena o Koldo Mitxelena? Hemos optado por la segunda grafía a pesar de que fue bautizado y firmó buena parte de sus obras con la primera. Especialmente difíciles son los casos como el de Txomin Jakakortexarena/Domingo Kortajarena. De hecho, su apellido aparece con multitud de denominaciones: Jacacortajarena, Jaca-Cortajarena, Jacacortejarena, Jakakortexarena, Jakakortaxarena… Nos hemos decantado por la forma en que apareció, por ejemplo, en Tierra VascaEusko Lurra, o en su libro Bizitzan bi goiazmo: Jakakortexarena. Por su parte, Ricardo Cierbide se presenta también como Ciérvide e incluso como Zierbide; hemos preferido la forma Cierbide que es con la que firmó la mayor parte de sus trabajos. José Antonio Arana Martija, utilizó para su segundo apellido esta grafía, pero los últimos años de su vida la cambió por Martixa; hemos mantenido esta última versión que parece que era la que finalmente prefería. En algún caso concreto, por petición expresa de la familia del biografiado se ha optado por una u otra grafía, como es el caso del lehendakari Jose Antonio Agirre Lekube, con grafía vasca, a pesar de que en su época fue más conocido con la castellana: José Antonio Aguirre Lecube. No es excepcional que algunos autores indiquen sus apellidos uno con grafía vasca y otro con castellana (como, p. ej., Gantxegi Lascurain), lo que resulta inconsistente, pero que hemos respetado. Esto lleva a inconsistencias tales como la de que los apellidos de dos hermanos aparezcan con grafías distintas, como Antía y Antia. La confusión alcanza no solo a los apellidos sino también a los nombres propios; en ocasiones encontramos autores que firman sus obras con grafía vasca y que a la hora de poner sus nombres de pila los indican sin tildes o con «b», como: Angel y no Ángel, Ramon y no Ramón, o Jabier y no Javier.
Hemos procurado recoger, por otra parte, los seudónimos con los que algunos autores publicaron sus obras e igualmente los nombres que adoptaron al profesar los miembros de algunas comunidades religiosas, como los benedictinos o capuchinos. En este segundo caso, por lo general, los autores son conocidos solamente por su nombre religioso —con el que firmaban todas sus obras— siendo ignorado el familiar por el gran público; así sucede con fray Justo Pérez de Urbel (nacido Justo Pérez Santiago) o Tarsicio de Azcona (de nombre Jesús Morrás Santamaría). Por ello, hemos decidido que, aunque en el listado de autores aparezcan con su nombre familiar, se incluyen también llamadas con el seudónimo o nombre religioso. Lo mismo hemos hecho en algunos casos excepcionales de autores que son conocidos casi exclusivamente por su seudónimo, como el de Gil Reicher o Txillardegi.
En cuanto a los topónimos mantenemos en general los criterios del tomo precedente. En el caso de la Comunidad Autónoma y de Navarra hemos seguido las denominaciones oficiales de ambas comunidades. Así se citan Irun y no Irún, Oñati y no Oñate, Legutio y no Legutiano ni Villarreal de Álava. Hemos respetado aquellas denominaciones oficiales bilingües como Vitoria- Gasteiz. En Navarra, las denominaciones oficiales siguen la fragmentación de la zonificación lingüística: en euskera para la zona vascófona, bilingüe para la mixta y castellana para la zona no vascófona. De esta manera, se citan Irurtzun (y no Irurzun) o Leitza (y no Leiza) para el primer caso, Pamplona/Iruña o Lumbier/Ilunberri, para la segunda zona y Tudela (y no Tutera) o Peralta (y no Azkoien), para la tercera. En el caso de la Vasconia Continental, al no existir otra oficialidad distinta de la francesa hemos optado por incluir los topónimos bilingües: Isturits/Izturitze, Saint-Étienne-de-Baïgorry/Baigorri, Hasparren/ Hazparne, etc. No obstante, para algunos topónimos de Iparralde que poseen exónimos castellanos sólidamente asentados —como Bayona, San Juan de Luz, Hendaya, Labort, Sola— hemos optado por mantenerlos para esta edición castellana.
También puede resultar incongruente la inclusión de algunos términos vascos con distintas grafías. Por ejemplo: lendakari y lehendakari o Euzkadi y Euskadi. Como se sabe, esto se debe a que en la primera mitad del siglo XX se utilizaba un sistema ortográfico que cambia a partir de la década de 1960. Por lo general, hemos procurado mantener la grafía primitiva en contextos de época y hemos utilizado la actual para referencias contemporáneas. De la misma forma la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, durante algunos años se tituló «Vascongada» y por eso se ha mantenido en algunos casos esta denominación.
El capítulo de agradecimientos es algo largo. En primer lugar, hay que reiterar nuestra gratitud a las entidades financiadoras de este proyecto: el Gobierno Vasco y la empresa Petronor. Por supuesto, hay que destacar la entusiástica participación de los miembros del Comité Científico de esta obra, que, tras varios años de esfuerzo, ven ahora culminada la obra, al menos en su edición castellana. Cómo no, hay que agradecer la desinteresada y vital participación en el proyecto de esos 182 autores y autoras que se encargaron de redactar las voces, realizando —en la mayor parte de los casos— nuevas investigaciones, acompañadas de la necesaria labor de síntesis. También es de resaltar la ingente y excelente labor de Antón Ugarte Muñoz a la hora de la corrección y edición final del texto, así como la de Anaje Narbaiza Aldai por la —siempre penosa— elaboración de los índices, tanto los del tomo IV como los generales de la obra. Gracias, también, a Josemari Esparza Zabalegi, de la editorial Txalaparta, por la cesión de material gráfico para la elaboración de la cubierta de este tomo IV.
Debido a las características especiales de este tomo, relacionadas con el periodo cronológico que abarca, ha sido posible contar con informaciones orales y testimonios de familiares, discípulos, colegas o amigos de buena parte de los biografiados, aportando datos que no suelen aparecer en la documentación, por lo que resultan especialmente interesantes. A todos ellos nuestro más sincero agradecimiento.
Por lo demás, hay que agradecer también la colaboración del personal de diversos archivos y bibliotecas, procurándonos toda suerte de informaciones relativas a los fondos por ellos custodiados. A riesgo de olvidarnos de citar alguna de estas instituciones, habría que recordar la contribución de los archivos municipales de Tudela, Bergara, Irun, Lekeitio, Tolosa, Donostia-San Sebastián, el Archivo General de Navarra, el Archivo del Territorio Histórico de Álava, el de la Comunidad Benedictina de Lazkao, el de los franciscanos de Arantzazu, la biblioteca Azkue y Archivo de Euskaltzaindia, la biblioteca del Musée Basque et de l’histoire de Bayonne, el Archivo Histórico y Biblioteca de Loyola, el Archivo Histórico de Euskadi, el Archivo Histórico Provincial de Gipuzkoa, el Archivo Diocesano de Pamplona, los Archivos Históricos Diocesanos de Bizkaia y Gipuzkoa, de San Telmo Museoa, de la RSBAP, la biblioteca de la Fundación «Sancho el Sabio» de Vitoria-Gasteiz, la Biblioteca Foral de Bizkaia, los Registros Civiles de Arakil, Mañeru, Donostia-San Sebastián, Agurain/Salvatierra o Laguardia/Guardia, la Biblioteca y Archivo del Gobierno Vasco.
Hay dos instituciones a las que hay que hacer una referencia especial por su colaboración en la gestión de esta obra. La Sección de Iparralde de Eusko Ikaskuntza y el Musée Basque et de l’histoire de Bayonne/Baionako Euskal Museoa. Con la primera se suscribió ya un convenio para la elaboración —en lo concerniente a Vasconia Continental— del tomo III, que luego se hizo extensivo al tomo IV. Con el Museo Vasco de Bayona se ha mantenido una fructífera relación para la realización de este último tomo IV en lo concerniente a Iparralde.
Por último, ha parecido pertinente e incluso necesaria la inclusión en este tomo IV de los índices generales de los cuatro tomos que componen la obra.
A modo de balance final, puede decirse que han colaborado en la realización de esta obra —en sus cuatro tomos— un total de 300 autores y autoras, pertenecientes a 105 universidades, empresas, e instituciones científicas y/o docentes, de las cuales 39 fueron universidades. El número de voces que han conformado el conjunto de la obra —1.199—, distribuido por territorios, es tal como puede verse en el siguiente cuadro.
|
Territorio |
Tomo I |
Tomo II |
Tomo III |
Tomo IV |
Total |
|
Bizkaia |
23 |
25 |
55 |
75 |
178 |
|
Gipuzkoa |
25 |
32 |
38 |
106 |
201 |
|
Álava |
13 |
13 |
21 |
25 |
72 |
|
Navarra |
60 |
33 |
72 |
90 |
255 |
|
Vasconia continental |
14 |
8 |
43 |
51 |
116 |
|
Autores/as foráneos/as |
193 |
43 |
75 |
66 |
377 |
|
Total |
328 |
154 |
304 |
413 |
1.199 |





